ALBERTO HERNÁNDEZ

A propósito de…

Edgar Colmenares del Valle

COMO UN VIAJERO QUE CUENTA SUS MEMORIAS*

 

 

 

1

 

En el retiro de una vieja lectura suena la voz de Adriano González León, en respuesta a una invitación al Llano de Efraín Hurtado. En un sitio aún no establecido por la distancia y el tiempo ha quedado el eco de Adriano en el que advierte no haberse topado con los tantos eventos que le anunció en Caracas el poeta de Calabozo. Nada de lo que Efraín ponderaba estaba ante sus ojos: No aparecieron las garzas. No había bandadas de pájaros insolentando las nubes. Ni gritos. Ni espejismos. Ni puntas de ganado. Ni perros para aumentar el presagio. Sobre todo: nada de ríos (…) No salieron los espantos. La sabana no asumió con dignidad su abandono de hueso y de tonada. Un viaje que me arruinó el mito, a la vez que confirmaba las asombrosas posibilidades de la imaginación.

 

Más adelante, un poco antes de morir, Efraín le entregó el espíritu en un texto que revela el imaginario de un hombre que jamás dejó en silencio a su tierra:

 

Usted y yo vamos los dos por estas riberas entreabrazados de palmas adioses y matapalos cubiertos de una sola plantada raíz para madrugar con suaves frescos de espinosos campos dormidos por riesgos de baja luna, partiremos en ancas polvorosas de un buey que muge lejanzas en las vueltas del monte al oír quejas de tortolitas echadas en orillas de caño por donde sestearemos después que mayo nos moje en su llovizna.

 

No sabía el autor de País portátil que el Llano es un código abierto, una suerte de vibración que deja pasmados a quienes no atienden a sus misterios. Más adelante entendió el amigo novelista que el Llano era lo que Efraín decía, sin dejar de lado lo de la imaginación, cuya certeza alude la invención febril del llanero. Y así como se convenció Adriano, igual lo deja dicho Edgar Colmenares del Valle en este tejido de versos titulados Textos 50 Guion 70, donde repasa las edades de su memoria y las de su espíritu, que es decir la de su pedagogía y la de su totalidad vital.

 

He allí que nuestro autor promueva con estas palabras la intención de lo que ha escrito:

 

Como un viajero que cuenta sus memorias

con el horizonte y los sueños brincándole entre los ojos.

 

 

2

 

La voz de Edgar Colmenares del Valle convence a la de Adriano.

 

En este Llano, en esta circunstancia verbal sí están las garzas, sí están los pájaros, los gritos, los espejismos, las puntas de ganado, pero sobre todo el río, el gran río padre, el río apureño que circula su savia por las imágenes de los versos que hoy leemos:

 

Todo fue/ como si el río se hubiera cansado/ de remolcar estrellas/ palos y tapones de bora y paja de agua/ agua abajo/ con garcitas mustias y silenciosas encima de ellos/ y de pronto/ comenzó a arrastrarse hacia el monte/ y del monte hacia la sabana/ y antes de que nos diéramos cuenta/ violentamente/ en medio de un ruido seco y continuo/se levantó del cauce/ con peces, babos y toninas/ y se llevó el ganado/ y a los dos de a caballo/ que a esa hora antes del amanecer/ salían para la sabana/ a picar las vacas/ y se llevó también a la abuela/ que en ese momento/ venteaba el maíz que había pilado/ y se llevó a la niña/ que recogía el nepe y los picos de maíz/ para alimentar los cinco pollitos que la tía le había regalado/por haberse aprendido una canción.

 

El río, poética de la tragedia, acción del agua y de la tierra. También, bendición del trópico. El río dispuesto a crecer, a aumentar la crisis de quien lo ve desde lejos y es alcanzado por su fuerza. La naturaleza del Llano en las palabras de quien ha sabido tenerlo  a un lado, de quien lo supo atravesar y deletrear desde la infancia.

 

En casi todos los poemas de este libro de Edgar Colmenares está el río como personaje principal. Corriente  imprescindible, río para una lectura cuyo significado y sentido laten en la inflexión silenciosa del llanero, el que lo vadea y lo conoce. Y lo respeta. Y con el río, con la serpiente lenta, traicionera, peligrosa, van sus habitantes y vecinos, el condominio del agua, del barro y de la brisa diurna y nocturna que convoca a…seguir el rastro/ de chigüires, galápagos y venados/ y las huellas del cunaguaro/ que en tres tardes consecutivas le comió tres gallinas a la abuela

 

Viaje, tránsito, peregrinación del que traza las líneas de la palabra. Desde todos lados una mirada que se siente, ojos por todas partes que buscan un ave/ y sólo/ encontraron/ un vasto silencio/ que se hace distancia

 

Y en efecto, es una tierra donde la distancia, la lejanza que nombra Efraín,  devela su poder. Por eso caben en ella todos los asuntos, los misterios, los presagios, los fenómenos menos advertidos y los más sorprendentes. Es tierra de extremos. Así como el río invade la superficie, la sequía la pervierte, la borra, la aniquila, la aterroriza:

 

La candela

después de silenciar el canto ansioso y vehemente de las chicharras   

que se iba monte adentro perseguido por la brisa

espantó de regreso

sabana afuera

con su voz de sol de marzo

las reses

(…)

La candela salió de la nada

bailó con la brisa y con los árboles

se adueñó de un pedazo del monte que camina por la orilla del río

y del crepúsculo, de la noche y del alba

(…)

Tres días después del incendio

hacia la caída del sol

una garúa

silente y con brisa juguetona

revivió el olor a tierra mojada

 

3

 

El niño que viaja con el Llano, el que escribe desde la adultez este libro, se aproxima al misterio, a la muerte estática bajo el cielo inmenso, como ausencia, ingenuidad, espacio, recuerdo.

 

        En dos oportunidades han estado presentes los abuelos  –el materno y el paterno- en el paisaje del cementerio. Uno en la voz que nunca oyó, en los surcos faciales que nunca conoció, sólo en las veces que fue nombrado,  dicho por la boca de otros:

 

Ya con la oscuridad despertando el canto de los grillos/ pasé frente al cementerio/ donde el abuelo/ de rostro jamás visto por mí/ se quedó para siempre al pie de un mandarino

Después, la pequeña parcela funeraria se hace sabana, llano, extensión, mirada con la que descubre apariciones y personajes que la imaginación reconstruye con la densidad de la crianza. El otro abuelo figura al final del libro en el sabor del pan enviado desde el pueblo, multiplicado por la bondad jamás olvidada:

 

la vi venir bajo aquel cielo nítidamente estrellado/ vestida como la muerta/ de la que el abuelo contaba/ que mientras ellos dormían/ iba de puerta en puerta/ repitiendo/ casi como una oración dicha en voz baja/ pedacitos de su historia/ y el nombre de los peces que la cuidaron/ antes de que la sacaran del río

 

El niño vuelve a ser tocado por el misterio:

 

Aún no sé/ si la figura de aquella mujer/ espantando con sus gritos y su trote irreversible/ a las aves embarbascadas en el cauce casi seco del caño/ fue una alucinación/ o si ella era/ la muchacha que una vez/ se hizo memoria silente/de la lluvia y el sol/ del barro y las tolvaneras/ y de los rumores del viento y de las estrellas/ en la soledad del monte

 

Y luego, deslumbrado:

 

Vimos/ bajo la luz de un plenilunio excelso el brillo de unas tijeras/ y el rostro desconocido de una mujer/ vestida totalmente de negro/ cortando flores en el patio.

 

El recuerdo, el pálpito del pensamiento: aquella niña ahogada en el río, la mujer enloquecida por la muerte de la hija. Esa misma mujer a la orilla de la corriente, hecha verbo extraviado, desnudez lamentable. Se deja sentir dolor en quien poetiza estos espacios y sus personajes. Escuecen las palabras, pronuncia con queja, con el temor a retornar a las mismas imágenes. Ha quedado la marca del Llano, una herida perdurable.

 

GUION

 

En este paréntesis Edgar Colmenares se detiene para descifrar su estatus frente a la estética, al mismo viaje. La consigue triste. Un diálogo, un corto inventario de preguntas lo aloja en la propuesta rimbaudiana de confrontar la belleza, no para injuriarla, pero sí para definirla: La belleza, amigos míos, es triste/ tan triste como todos estos años de ausencia.

 

Ingrid Bergman presta sus ojos para ajustarle las tuercas a esa afirmación.

 

Este guion, suspensión momentánea del periplo llanero, fortalece la continuación de quien poetiza y se hace poética de su tierra.

 

Una nota anterior desentraña la belleza absoluta, la que se admite “desde la certidumbre”, hasta arribar al sonido lejano de Dante en los últimos versos de la Divina Comedia:

 

El amor que mueve el sol y las estrellas (L’ Amor che muove il Sole e l’altre stelle).

 

4

 

La voz sigue el curso del río bajo las estrellas, el de un viaje hacia un lugar aún no definido. Especie de exilio, porque el llano peregrina con quienes lo habitan, tanto en él como lejos de él. La mudanza, la pérdida del Paraíso, de ese paraíso que Alighieri alentó desde “el amor que mueve el sol y las estrellas”.

Queda en el oído el sonido de los cascos, el rumor de la brisa, el cruce de la corriente a caballo en medio de la violencia de un toro. Todo lo que inicialmente no vio Adriano González León y que dijo en la carta a Efraín Hurtado.

La misma voz evoca la escuela, la presencia de una maestra, la madre, peregrina de cuadernos, lápices y libros, en los que estaban el río, las garzas, los animales, los muertos del recuerdo, los aparecidos de la noche, los cuentos de camino. La maestra / madre que cantaba a Doñana, contaba a Tío Tigre y Tío Conejo, la lectura de los antiguos libros iniciales. Y así la lluvia sobre el techo pobre de la casa y de la escuela. Y el verano…la primera parte del elenco de una escena que se adueñó del tiempo y del espacio/ brusca y blanda/ blanca y gris/ precisa y dramática (…)

 

Y también ese verano/ fue particularmente obsesivo/ en iluminarse/ con reses enflaquecidas y lagunas agónicas.

 

La lectura hace imaginar los relámpagos, el frío nocturno y el río, siempre el río en medio del pueblo como portador de la angustia, del miedo; habitante indeseable, parte del relato de la huida.

 

Y el niño siempre regresa, como la imaginación. Retorna en el pan que saborea con todos, en la textura del afecto, en la espera de una bolsa en la que viene siempre el regalo para todos los niños. He allí la memoria de un hombre que reposa en un cementerio solitario en medio de la sabana.

 

Y así, el adiós de un viajero que cuenta sus memorias.

 

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*FUENTE: https://puertasdegalina.wordpress.com/cronicas-del-olvido/

 

FOTOS: Martha Colmenares del Valle.

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