Antonio José Torrealba

Un baquiano de Novela

Tradicionalmente, a Antonio José Torrealba se le conoce como el baquiano que en 1927 acompañó a Rómulo Gallegos en su recorrido por las sabanas del hato La Candelaria en el Estado Apure y, además, se le tiene como el informante que suministró una “preciosa documentación” que el novelista utilizaría en Doña Bárbara y en Cantaclaro. También, según el mismo Gallegos, Torrealba es Antonio Sandoval.

            Así comienza nuestro trabajo “Presencia de Antonio José Torrealba en Doña Bárbara y Cantaclaro” que presentamos como Estudio preliminar del Diario de un llanero. Con esta cita, abrimos esta página en donde se presentarán textos e imágenes vinculados con la vida y la escritura de este personaje que, según el profesor Ricardo Mendoza Díaz, era “conocido en todos los llanos de Apure, no solamente por sus dotes de hombre alegre, sino como el que dio a Don Rómulo Gallegos valiosas informaciones sobre costumbres, oficios, leyendas y cuentos del llano,  que le sirvieron para elaborar sus novelas Doña Bárbara y Cantaclaro”. Según esta misma fuente, Torrealba también era conocido “por tener la manía de anotarlo todo, desde el dicho más insignificante hasta las historias, coplas, versos, corridos, canciones, poemas, cuentos, todo tenía cabida en sus libros”. De modo similar se expresó el profesor Ángel Rosenblat al afirmar que “Don Antonio era una especie de cronista de Cunaviche. Sin ser escritor, tenía una pasión desbordada por escribir, en un medio en el cual un universitario se olvida pronto hasta de las primeras letras. Día tras día recogía toda clase de noticias sobre los indios, sus costumbres, sus tradiciones y sobre el folklore y la vida llanera”.

         Esta manía lo condujo a llenar un sinnúmero de páginas organizadas por él mismo en Cuadernos y en Libretones. En los primeros, escribió el Diario de un llanero y el relato Historia de Azabache o sea la historia de un caballo contada por él mismo junto con la de sus compañeros de trabajo. En los segundos dejó una antología de poemas, propios y ajenos, que tituló Versos rústicos de la sabana. De esta trilogía, editamos los dos primeros títulos y, periódicamente, en esta carpeta dedicada a un baquiano de novela, iremos publicando los Versos rústicos de la sabana.  La historia que hay detrás del viaje de estos materiales, desde Cunaviche hasta Caracas, nos la contará la profesora María Teresa Rojas en la Nota del Instituto de FilologíaAndrés Bello” con que ella presenta el Diario de un llanero. También conoceremos otros detalles de esta historia a través de mi Estudio preliminar y de otros trabajos que iremos incorporando.

            Hoy, una vez más, al volver sobre estos materiales con el propósito de crear este espacio para Antonio José Torrealba, vuelve también a la memoria todo el esfuerzo que hicimos para editar los Cuadernos y para rescatar los Libretones.  Y con el recuerdo regresan los nombres que hicieron posible la culminación de este proyecto que me fuera encomendado por la profesora María Teresa Rojas. En tributo a todos ellos, a su esfuerzo creador y a su afecto, transcribo la Nota de agradecimiento que desde entonces acompaña las páginas del Diario de un llanero.

Nota de Agradecimiento

         La edición del Diario de un llanero es el resultado de un verdadero esfuerzo colectivo; del trabajo de un equipo signado, en todo momento por una extraña sugestión que nos cautivó a todos y nos llevó a superar todas las dificultades. Jamás un desaliento. Sólo suma de voluntades y de afectos en torno al objetivo común. Hoy, ya cumplido el propósito, no puedo menos que agradecer a ese equipo su magnífica labor. En verdad, como coordinador de este proyecto, me siento orgulloso de la colaboración brindada por Yanida Cuberos, Graciela Luzón, Isabel Pérez de Durán, Nancy Parra, Milagros Pacheco, Felisa Guerrero, Lila Parra, Edilia Velásquez y Marianella Guevara; del valioso trabajo cumplido con fervor juvenil por José Luis Muñoz, Thaís Castro, María Isabel Sánchez y José Enrique Lira Gómez; y, por supuesto, de la activa coparticipación de Zaida Pérez, Dexy Galué y María Teresa Rojas. Sin ellos, y en especial sin la sabia orientación de la profesora Rojas, todo hubiera sido más difícil.

            Quiero, además, testimoniar mi agradecimiento a doña Mercedes Torrealba de Loreto. Del mismo modo a Diana Gámez, Ramón Rattia, Lino Vera, Carmelo Araca, Aristóbulo Carreño, Néstor Tablante y Garrido, Manuel Bermúdez, Luis Alberto Crespo, Ángel Méndez, Elizabeth Fuentes, Silvestre García, Freddy Tomás Pérez, Ismael Colmenares, Jaime Rodríguez, Mireya Ortega Lares y a dos amigos cuya ausencia definitiva siempre lamentaremos: Gregorio Jiménez y José Félix Barbarito. Todos ellos fueron baquianos del entusiasmo y de la esperanza.

        Finalmente, quiero agradecer el estímulo que siempre he encontrado en mi familia y, desde luego, la comprensión permanente de Miriam, Bettina y Nyreen. A ellas, les dedico mi mejor esfuerzo.

Édgar Colmenares del Valle.

NOTA DEL INSTITUTO DE FILOLOGÍA

“ANDRÉS BELLO”

En las navidades de 1949, cuando el Instituto de Filología “Andrés Bello” apenas comenzaba su vida académica, el profesor Ángel Rosenblat, su director y fundador, emprendió su segundo viaje de estudio al llano apureño con el objetivo de localizar hablantes de la lengua otomaca y comprobar si aún era lengua viva. El resultado fue negativo, no encontró hablantes de la lengua otomaca, pero sí descendientes de los indígenas otomacos, entre ellos, la familia de Antonio José Torrealba, “nieto de otomaca pura”, según lo expresa el mismo Rosenblat.

El interés del viaje era verificar algunos rasgos culturales, fundamentalmente los lingüísticos, de un grupo étnico del cual sólo se conocían algunas noticias fragmentarias y una lista de palabras. Este propósito tampoco se cumplió a cabalidad. Los pocos individuos señalados como descendientes de otomacos no tenían ningún rasgo que permitiera trazar una línea de etnicidad otomaca. Antonio José Torrealba, al parecer, el más genuino representante de ellos, había muerto en julio de ese mismo año. Ante este hecho Rosenblat diría que, también esta vez, la lingüística había llegado tarde.

Pero el viaje no fue totalmente perdido. Torrealba había dejado una serie de cuadernos manuscritos a los que había titulado Diario de un llanero. Rosenblat recibió estos manuscritos de manos de Gregorio Jiménez, sobrino de Torrealba. Son estos materiales, considerados por su autor como la historia del llano apureño, los que ahora presenta el Instituto de Filología “Andrés Bello”, después de tenerlos guardados por más de treinta años. Su valor como muestra de habla regional es indudable, pero además pueden interesar a quienes se ocupan de aspectos tales como la literatura oral, el cuento folklórico, la historia local y la antropología cultural.

En el conjunto de cuadernos que trajo Rosenblat era evidente que faltaban algunos. Por esta razón, cuando iniciamos el proyecto de publicación, nos pusimos en contacto con John Englekirk quien en su trabajo “Doña Bárbara, legend of the llano” publicado en Hispania en 1949, había dado noticias de la existencia de los manuscritos. En efecto, Englekirk viajó a Venezuela a mediados de 1947 con el propósito de encontrar el baquiano que había dado a Gallegos esa vivencia tan veraz del llano apureño. Englekirk tuvo mejor suerte que Rosenblat y pudo conocer al “último de los otomacos”. En carta personal que me dirigió en 1983, Englekirk no pudo dar razón de los cuadernos que faltaban, aunque afirmaba que eran miles de páginas, y calificó los manuscritos como “memorabilia that Antonio Jose so generously placed at my disposal the several days I spent witch him”. En otra línea describe su visita a San Fernando como “the brightest and the most fruitful of my travels”.

Los cuadernos de Torrealba han estado ligados al quehacer de este Instituto desde hace mucho tiempo. Su vocabulario fue empleado como documentación por Marco Antonio Martínez en sus “Notas sobre la idea de alboroto”, por Ángel Rosenblat en algunas de las voces tratadas en Buenas y malas palabras, y aparece numerosas veces citado en el Diccionario de venezolanismos. Por esta razón, el Instituto de Filología “Andrés Bello” asumió el compromiso de publicar estas memorias que, además, su autor quería que fuesen conocidas y compartidas por otras personas más allá de la frontera regional.

Como directora del Instituto sabía que la tarea a realizar era difícil y que exigía un alto grado de competencia y dedicación. Consciente como estaba de que con su publicación contribuía a rescatar parte de la memoria de nuestro pueblo encargué la coordinación del trabajo al también apureño Édgar colmenares del Valle, quien une a sus dotes de investigador acucioso el conocimiento del entorno particular de esa “historia del llano apureño”.

Preparar los manuscritos para la imprenta ha sido una labor ardua producto del esfuerzo de un amplio equipo de profesores y estudiantes imbuidos en el deseo de sacar a la luz este material inédito. La investigación también se veía acicateada por el entusiasmo y la curiosidad que suscita el contenido de estas historias. Para el efecto de la publicación, se respetó la secuencia que tienen los cuadernos, así como la sintaxis y el vocabulario del autor. Es por ello que estos materiales deben recibirse como toda recolección de un trabajo de campo: rudimentario, sin pulimento. No obstante, revisten un gran interés por lo que representan como un testimonio de los usos y las costumbres, en suma, de la vida de una región de nuestro país.

La culminación de este proyecto fue posible gracias al apoyo recibido por las autoridades de la Universidad Central de Venezuela y de las autoridades regionales del Estado Apure, quienes comprendieron la importancia de la publicación, también por la generosa colaboración de quienes contribuyeron como suscriptores de esta primera edición, a todos ellos, de nuevo, muchas gracias.

Caracas, julio de 1987.

María Teresa Rojas

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