EDUARDO LUIS VERA

Es Ingeniero de Petróleo graduado en la Universidad Central de Venezuela, especializado en Gestión de Proyectos de Gas, Petróleo y otras fuentes de energía.  Consultor especializado en procesos de Planificación y Control de proyectos. Tiene 10 años de experiencia en implementación de proyectos EPC (Ingeniería, Procura y Construcción del sector Oil &Gas en América Latina y Europa. Además, es un experto en Informática  y una de las dos personas a quienes agradezco la arquitectura y puesta en marcha de esta página. La otra persona es Francelice Sardá Silva.

Es hijo de Lino Vera y Martha Colmenares del Valle. Nació en Maracay (Estado Aragua). Actualmente vive en Barcelona (España). Desde pequeño, junto con el fútbol y el Barça, se aficionó a la música llanera y andando el tiempo, paralelamente con los estudios de Ingeniería, se hizo arpista animado por su amistad con dos virtuosos del arpa llanera, los maestros Manuel Luna y Jacobo Gutiérrez. Yo, siempre le he dicho Edward y lo trato como un hijo con quien comparto afectos, ideas, proyectos, aficiones y las miles de pistas de música venezolana que entre ambos hemos coleccionado. También compartimos la devoción por el Nazareno de Achaguas. Los dos somos del Caracas y de los Yankees de Nueva York. En verdad, coincidimos en casi todo. Y digo en casi todo porque yo le voy al Real Madrid.

-Hola, Edward, ¿cómo estás?

-Bien. Entusiasmado con la idea de que en esta conversación vamos a revivir algunos de los muchos momentos que hemos compartido y, sobre todo, de nuestras vivencias en ese mundo tan particular que es el llano apureño, la tierra de nuestros ancestros y de muchos de los hechos históricos y de los rasgos culturales con que se definió la venezolanidad. 

-Te refieres, por supuesto, a hechos como Las Queseras del Medio, Mucuritas, El Yagual y…

-Sí, y al hecho de que fue de Apure, concretamente de Achaguas, la tierra del Nazareno, de donde partió el ejército comandado por Páez rumbo al triunfo de Carabobo en 1821. Y me refiero también a la música llanera y a sus creadores e intérpretes, a la gastronomía, a la vestimenta y, desde luego, al habla apureña y a un modo de ser. Yo nací y me crie en Maracay, estudié toda mi escuela primaria y la secundaria en Maracay, sin embargo comparto mi identidad aragüeña con la apureña y, en general, con la llanera en cuyo perfil geohistórico y etnográfico se incluyen Guárico, Barinas, Portuguesa y Cojedes. Desde ese punto de vista yo me siento apureño, sobre todo por la presencia que hay en mí de Apure a través de la música*, del espacio y del río.

-Entre esta trilogía de elementos que acabas de nombrar, quiero que nos enfoquemos en el de la música llanera que, a mí, desde siempre, me ha llamado la atención y hoy no deja de impresionarme tu afición por ella sin dejar de disfrutar otros géneros musicales contemporáneos, quiero decir producidos en la época en que te ha tocado vivir. Pero antes, te tengo una pregunta: cuando hablas de tus ancestros, ¿a quiénes te refieres?

-A mis abuelos y a Martha y Lino. 

-¿Quiénes son tus abuelos?

-Juana Vera y Silvestre García por parte de Lino y Ana Rosa del Valle y Manuel Colmenares por parte de Martha. Ahora, déjame contarte esta historia que nos va a llevar al momento exacto en que se despertó en mí el interés por la música llanera. Todo…

-Perdón, Edward. Antes de que continúes, voy a leer un texto, muy breve, en el que Martha, a petición mía, traza una rápida semblanza de su hijo:

Eduardo Luis es todavía un muchacho, a pesar de sus 36 años de haber nacido en Maracay un nueve de septiembre de 1984. Aún disfruta de un video juego de la FIFA viviendo su afinidad por el fútbol y la pasión por el Barça fortalecida en su tránsito escolar por colegios de españoles y de órdenes religiosas francesas como el “Bella Vista” y el “San José de Maristas”, respectivamente.

Ucevista de formación y de corazón, egresó de la Facultad de Ingeniería, mención Petróleo en el año 2012. Ser maracayero e hijo de apureños selló sus preferencias musicales hacia todo lo que trasmite el arpa llanera, instrumento que, hoy, también disfruta tocar en sus ratos libres.  Se declara loyolero, montoyero y compara el valor de Ángel Ávila con José Romero Bello en la canta criolla, sin dejar de un lado la música que, por distintos motivos, motiva a su generación: Nirvana, Queen, Héctor Lavoe, Camarón de la Isla, Beyoncé o Bruno Mars.

 -A Martha… y a Lino, agradezco todo… todo. Bueno y como te decía… todo comenzó en aquel viaje inolvidable que en unas vacaciones hice contigo y con mi tía Miriam a los Andes venezolanos. Y ya voy a precisar lo qué sucedió en ese viaje. Antes, una vez más, voy a recordar que Martha y Lino son apureños. Y mis abuelos Silvestre y Juana, Manuel y Ana Rosa, también lo fueron. Y mis tíos. Toda mi familia. Y entre ellos, algunos como mi abuelo Silvestre y mi abuelo Manuel fueron llaneros de oficio y, además, parranderos de cuando un baile de arpa duraba dos o tres noches con sus días completicos. Algo viene de esa herencia. Parranderos también fueron mis tíos y además contadores de leyendas y de historias de muertos y aparecidos, como es costumbre, al menos hasta cierta época, en el Llano. Mi tío Antonio, por ejemplo, es una memoria viviente de la vida llanera. Pero en mí, quizás por la edad y seguramente por el hecho de haber nacido y de vivir en Maracay, a pesar de que en casa de mi abuela Anita cada vez que se reunía la familia se oía música llanera, hasta ese viaje yo, muchacho al fin, no le paraba mucho a esa música. Ni a otras. Sí sabía, porque me lo contaban y me lo repetían, que mi difunta tía Isabel Vera, que era una gran bailadora de joropos, me dormía meciéndome en un chinchorro y cantándome Los Maizales de Manuel Luna, uno de los grandes compositores de pasajes inmortalizados en las voces de Francisco Montoya, Nelson y Eloy Morales, Reyna Lucero y otros. Entre esos pasajes está Sentimiento apureño que es el himno sentimental de los apureños. De él, para que tengamos una idea de la trascendencia de este pasaje cuya letra pertenece a Pedro Emilio Sánchez y Valentín Carucí,  yo sé que tú has recopilado más de cuarenta versiones. Con el tiempo, conoceríamos a Manuel, a Emma su esposa y a toda su familia y juntos disfrutaríamos su música, escucharíamos la motivación de muchos de sus pasajes, le oiríamos la historia de su Sentimiento apureño y, particularmente, sus andanzas de cuando él fue durante cuatro años el arpista de Los Guariqueños, el conjunto de Ángel Custodio Loyola. Una vez, cuando yo estaba aprendiendo a tocar el arpa, me hizo recomendaciones sobre la posición de las manos. En otra oportunidad, me habló de la importancia del tiempo,  de cómo afincarse en los tiples cuando el pasaje es sentimental y, en fin, tuve el privilegio de que, ocasionalmente, orientara mi aprendizaje. 

Manuel Luna – Sentimiento apureño

-Manuel Luna y tu abuelo Manuel eran de San Rafael de Atamaica.

-Sí. Y eran amigos desde la infancia. Y se decían tocayos. Manuel también era un gran amigo de mi abuelo Silvestre y una hermana suya era la esposa de un hermano de mi abuelo. Por cierto, Manuel tiene un pasaje llamado Ondas del Atamaica grabado por Francisco Montoya. También hay una excelente versión instrumental con el arpa del maestro Jacobo Gutiérrez quien, en ese mismo CD, también grabó Sentimiento apureño. Entonces…en ese viaje… bueno, después sigo con la historia del viaje… primero vamos a oír a Jacobo.

Olas del Río Atamaica- Jacobo Gutiérrez

En esa época, Martha, Lino, mi tío Édgar tenía  una casettera (creo que marca TDK) en la que había casettes de marca, originales, como los del Quinteto Contrapunto, de Dámaso Figueredo y de un muy jovial Jorge Guerrero con Guayabo de mes y Pico. Pero en aquella valiosa y extraordinaria casetera, las verdaderas joyas eran los cassettes que él había personalizado, los que él preparaba a su gusto. Los de ponerle la vista al Llano y coger carretera. Éstos contaban con una mezcla única y genial de pasajes y joropos venezolanos. Con diversos intérpretes. Muchos de los cuales yo oía por vez primera. Pedro Emilio Sánchez con sus Brisas de Apure y el Seis por derecho con Juan Vicente Valera al arpa, Juan Briceño, el hombre de la muñeca rara, al cuatro y Valentín Carucí de maraquero. José Romero Bello con El arpista de mi tierra dedicado al Indio Figueredo. Ángel Custodio Loyola, Marcelo Quinto, Melecio García, Enrique Contreras (a) El Canario, Juanito Navarro, Marisela con los Torrealberos, Magdalena Sánchez, Josefina Rodríguez, Adilia Castillo, Bertica Medina, Pilar Torrealba, Edith Salcedo, el Carrao de Palmarito, Mario Suárez, Rafael Montaño, Eleazar Agudo, y otros que también venían de los años cincuenta que es la década en que se consagra esta música como una expresión de identidad, de los llanos y de Venezuela. En ese grupo además estaba Benito Quirós. Pero también estaban los menos nuevos y los de las últimas generaciones. Reyna Lucero, Reinaldo Armas, Cristóbal Jiménez,  el Catire Carpio, Guillermo Jiménez Leal, Juan del Campo, Antonio Barsey, José Jiménez (a) El Pollo de Orichuna y no sé cuántos más. Ahí no faltaba nadie. Aquella casetera era un auditorio donde cantaban todos y a cada instante yo tenía que preguntarle ¿quién es ese? ¿cómo se llama ese pasaje? ¿eso es un Zumba que zumba o un San Rafael? Frecuentemente también tenía que preguntarle por el significado de algunas de las palabras utilizadas en las letras de los joropos o de los  pasajes. Él me las explicaba y, yo creo que para distraernos, a veces les inventaba una etimología cuyo significado fuera jocoso. En su Cuenta de cuentos tiene un relato que se titula “El etimólogo”. 

-Ese relato nació, precisamente, en ese viaje y está dedicado a quienes fueron mis compañeros de travesía. 

-Así empecé a reconocer y a querer esa música y a darme cuenta de que era uno de los factores estructurantes de la identidad del país. Cuando mi abuelo Manuel venía desde Apure para Maracay, nos sentábamos a oír a Loyola, a Montoya y a otros. Su pasaje preferido era San Rafael y Martha y yo nos quedábamos viéndolo y oyéndolo cuando él seguía en voz baja a Carlos González cantando el Corrío a Nicolás Felizzola. En verdad, es muy peculiar lo que siento al recordar todo esto porque ahora, muchos años después, caigo en cuenta de que ese sentimiento, que empezó en ese viaje, fue el mismo que te motivó, desde que tenías unos ocho o diez años según me has dicho, a recopilar muchas grabaciones y a estructurar el repertorio musical que hoy tienes. Bettina, tu hija mayor,  siempre me ha dicho que yo tengo retentiva científica. Ella se impresionaba cuando yo, aún pequeño, memorizaba los números de los teléfonos y de las cédulas de identidad. Bueno… les cuento que en ese viaje memoricé y aún recuerdo el nombre y el orden  de cada pieza de uno de los lados de un casette. 

En este momento, mi mente repite esa sucesión de voces inolvidables como alternando padre nuestros y ave marías. Las dos primeras pistas eran:

Corrío Apureño- Ángel C. Loyola
Mi Nostalgia es una Soga- Luis Lozada

A estas dos, les seguían:

  • Mi Lucerito llanero
  • La Inspiración del chofer
  • Flor de Apure… 
  • El arpista de mi tierra
  • Guayabo Negro
  • Los Caujaritos
  • Mi Camaguán

Y, asimismo, repite todas las de los restantes cassettes. En definitiva, de ese repertorio de voces y de composiciones y de ese viaje, donde me explicabas qué era un talego, qué era un cuartillo, quiénes eran los intérpretes y los compositores, empezó esta afinidad que aún pervive y que, con cierta frecuencia, nos conduce a revivir, reconstruir y difundir las historias y los sentimientos que hay detrás de cada pasaje y de cada joropo. 

-Edward, Martha nos dijo que te confiesas loyolero y montoyero. 

-Es verdad. Los dos son intérpretes emblemáticos. Con estilos completamente diferentes. Los dos, por supuesto, tienen el Llano como escuela y como eje temático. Yo creo que Loyola es la voz recia cuya mirada está puesta en el paisaje, en las faenas, en las costumbres, en el Llano como actitud vital. Montoya, junto con el canto a la tierra, a la fauna, a la tradición y a las faenas, se afinca en el aspecto sentimental del llanero. En el amor, en el abandono, en el despecho.

-¿Cuál es la pieza cabrestera de Loyola?

El pajarillo.

El pajarillo- Ángel C. Loyola

-¿Y de Montoya?

Apure en un viaje.

Apure en un viaje- Francisco Montoya

Otras de las grandes de Ángel Custodio…

Tierra negra, La Catira, El gabán pionío, Puerto Miranda, Las tres de la mañana, Quirpa, El socorreño, Triste despedida, El guachamarón y por ahí sigue, sobre todo con algunas como La guacharaca, El carnaval, el Seis por numeración y otras cuyas músicas forman parte del folklore llanero.

– Y de Francisco, exceptuando Sentimiento apureño, ¿cuáles otras seleccionarías?

Mi lamento, La Flor de Camoruco, Del caney a la majada, Amor sabanero, Corazón grave, Cucarachero araucano, Olas del río Atamaica, Romance apureño y Déjala ir corazón.

-Y si te pido un top ten llanero, ¿cuáles incluirías?

-Te doy los títulos y sus respectivos autores. Algunas de las que seleccioné tienen varios intérpretes.

  • Mi lamento (Francisco Montoya)
  • Promesas del Canoero (Ángel Ávila)
  • El Canario en el Limón (Pedro Emilio Sánchez / Ignacio Figueredo)
  • Remansos del Cabuyare (Manuel Luna)
  • Llano y Leyenda (Omar Moreno)
  • Mi deseo (Mauro Demuches)
  • Corrio Apureño (Anónimo)
  • Lamento del Canoero (Ángel Ávila)
  • La Flor de Camoruco  (Francisco Montoya)
  • Los Maizales (Manuel Luna)

-Bien. Me alegra haber dialogado contigo una vez más sobre uno de los temas que tanto a ti como a mí nos interesa, nos alegra y desde que estamos fuera de esas querencias nos pone nostálgicos. Pero, antes de despedirnos, tengo dos puntos muy breves por tratar. El primero es una pregunta: En estos momentos, radicado definitivamente en otro país, ¿Qué visión tienes de la música, del espacio y del río? que dejaste. 

– Así como el recuerdo de ese viaje que hemos referido en este diálogo, hay otro que siempre viene a mi mente y creo que en él se reúnen esos tres elementos que juntos con otros dejé cuando me vine, pero se mantienen guardados en el alma. Ese día, miércoles santo, iba contigo y con mi tío Antonio Vera por la vía de San Juan de Payara. Al pasar por Las Gaviotas, después de la curva de los chigüires, el sitio donde siempre íbamos a comprar queso en estos viajes que hacíamos, recordé que la tarde anterior había sido la entrevista de trabajo que marcó el nuevo destino que tomé hasta hoy. En ese momento sonaba el disco de Jacobo. Íbamos en el carro blanco de mi tío Antonio. Él iba manejando y tú de copiloto y, sin darme cuenta, ya yo iba despidiéndome. La sabana ya tenía retoños, se ve que había llovido, y puedo recordar con tanta claridad aquel momento, cada pedazo de sabana, cada animalito que se veía, la carretera medio mojada, el cruce de los ríos, los caños la Yuca, la Piedra… cada nota de Jacobo sonando alegremente, el olor a sabana, un espejo de agua a lo lejos y cada comentario de ustedes con sus conversaciones amables y agradables de siempre, como los grandes compañeros de tantos viajes juntos y, por lo tanto, de aquella despedida. 

Esta remembranza y muchas otras me llenan de esperanza y me hacen pensar en que puedan darse estos encuentros nuevamente. Con ellas se hacen más fáciles los días vividos lejos de ese entorno tan querido para mí. En mí, la evocación es un instrumento que, junto con un arpa compañera que he encontrado en estas tierras, fortalece el entusiasmo y me ayuda a tocar algún pasaje o alguna melodía como homenaje, precisamente, a todas esas vivencias que forman parte de mí… Bien.. llegó la hora del hasta luego…Desde dondequiera que estemos, seguiremos en contacto. Gracias infinitas por esta conversación que siempre recordaré como un bello homenaje. Gracias por estar ahí, siempre, conmigo, como parte de estas vivencias y dejándome un  aprendizaje que ya forma parte de quien he llegado a ser. 

-Gracias, hijo, por esas palabras. ¡Qué Dios te bendiga y te proteja siempre! Y… para finalizar, el segundo y último punto es éste: ¿Y el arpa? ¿Es que acaso no te vamos a oír, aunque sea una parte, de un pasajito o de un joropo? Estoy absolutamente seguro de que quienes nos están siguiendo por Internet, están deseando y esperando lo mismo que yo. Así que, como decía tu abuelo Silvestre cada vez que oía un arpa, ¡Vamonós, canoa! 

Entre las copas de vino / Sentimiento Apureño – Eduardo Luis Vera

Dr. Édgar Colmenares del Valle

Academia Venezolana de la Lengua

*Imágenes bajadas de Internet.

FOTOS:

Ana Teresa y Martha Colmenares del Valle.

3 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Volver arriba