PRESENCIA DE ANTONIO JOSÉ TORREALBA EN DOÑA BÁRBARA Y CANTACLARO*

Presencia Antonio José Torrealba

*A continuación transcribimos la segunda versión de nuestro trabajo “Presencia de Antonio José Torrealba en Doña Bárbara y Cantaclaro”, publicada antes que la primera como estudio preliminar del Diario de un llanero de Antonio José Torrealba, cuyos seis tomos editamos en 1987.

La primera versión de dicho trabajo se publicó en Doña Bárbara ante la crítica, una antología de estudios sobre Rómulo Gallegos y su obra preparada por el profesor Manuel Bermúdez y publicada en 1991 por Monte Ávila, cinco años después de haber sido entregada esa primera versión al compilador. En algún momento se nos informó que dicha antología ya no se publicaría. Entonces, decidí rehacerla e incluirla, precisamente, como estudio preliminar del Diario de un llanero. Cuatro años después de la edición de estos manuscritos del baquiano de Gallegos en su recorrido por las sabanas candelarieras del Cajon de Arauca apureño en 1927, por fin se publicó el libro preparado por el profesor Bermúdez. Actualmente, esa primera versión circula como parte del libro Doña Bárbara ante la crítica y en Internet en  la Biblioteca virtual Miguel de Cervavtes (http://www.cervantesvirtual.com/). Entre una y otra versión hay algunas diferencias, sobre todo en el hecho de que en la segunda reformulé algunas ideas, abrevié otras y agregué nuevos elementos. Sin embargo, en esencia, ambas son expresiones de una misma actitud y una misma tesis.

Ahora, al transcribir este texto y evocar una vez más la experiencia que nos dejó esta investigación, vaya de nuevo nuestro eterno agradecimiento a la profesora María Teresa Rojas (+) y a todo el equipo que nos acompañó, sin desaliento alguno, e hizo posible que viéramos aquellos cientos de páginas manuscritas, convertidas en libros.y en memoria externa de un encuentro casual entre dos personas que convirtió a uno de ellos en nuestro más reconocido novelista y al otro, en un baquiano de novela. “Todos ellos -como escribí en la Nota de agradecimiento que incluí en la página IX del primer tomo del Diario de un llanero– todos ellos fueron baquianos del entusiasmo y de la esperanza”.

Dr. Édgar Colmenares del Valle

Academia Venezolana de la Lengua

 

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PRESENCIA DE ANTONIO JOSÉ TORREALBA

EN DOÑA BÁRBARA Y CANTACLARO

 

Édgar Colmenares del Valle (IFAB – FHE – UCV)

Diario de un llanero (Antonio José Torrealba)

Caracas: Universidad Central de Venezuela;

Gobernación del Estado Apure, 1987.

Tomo1: XI-LI

 

1.- Tradicionalmente, a Antonio José Torrealba se le conoce como el baquiano que en 1927 acompañó a Rómulo Gallegos en su recorrido por las sabanas del hato La Candelaria en el Estado Apure y, además, se le tiene como el informante que suministró una “preciosa documentación” que el novelista utilizaría en Doña Bárbara y en Cantaclaro. También, según el mismo Gallegos (1954), Torrealba es Antonio Sandoval:

En el hato La Candelaria de Arauca, conocí también a Antonio Torrealba, caporal de sabana de dicho fundo -que es el Antonio Sandoval de mi novela- y de su boca recogí preciosa  documentación que utilicé tanto en Doña Bárbara como en Cantaclaro. Ya tampoco existe  y a su memoria le rindo homenaje por la valiosa colaboración que me prestó su conocimiento de la vida ruda y fuerte del llanero venezolano.

Torrealba, en efecto, como dice Gallegos, era un llanero auténtico, conocedor como pocos de las costumbres y tradiciones de su tierra y, también, un fabulador extraordinario que con letra rústica y arte primitivo escribía versos y relatos. Sobre él y sobre su vínculo personal y literario con Gallegos, que es de particular interés en una exégesis de las fuentes de Doña Bárbara y Cantaclaro, han escrito, además del mismo novelista, John Englekirk, Ángel Rosenblat, Ricardo Mendoza Díaz, Ricardo Montilla, Lowell Dunham, Juan Liscano, Arístides Bastidas, Pedro Elías Hernández, Efraín Subero, Ramón Mota Báez, Oldman Botello, Argenis Méndez Echenique, Aristóbulo Carreño, Oscar Sambrano Urdaneta, Manuel Bermúdez, Mario Torrealba Lossi y otros estudiosos de la obra galleguiana.

El profesor Ángel Rosenblat (1950), por ejemplo, dice que Torrealba “era amigo de Rómulo Gallegos, a quien según vieja tradición, le dio toda la información objetiva para la elaboración de Doña Bárbara. Don Antonio era una especie de cronista del Cunaviche. Sin ser escritor, tenía una pasión desbordada por escribir, en un medio en el cual un universitario se olvida pronto hasta de las primeras letras. Día tras día recogía toda clase de noticias sobre los indios, sus costumbres, sus tradiciones y sobre el folklore y la vida llanera”.

Por su parte, Ricardo Mendoza Díaz (1951) afirma que Torrealba era “conocido en todos los llanos de Apure, no solamente por sus dotes de hombre alegre, sino también como el que dio a Don Rómulo Gallegos valiosas informaciones sobre costumbres, oficios, leyendas y cuentos del llano, que le sirvieron para elaborar sus novelas Doña Bárbara y Cantaclaro”. Pero, según esta misma fuente, Torrealba también era conocido “por tener la manía de anotarlo todo, desde el dicho más insignificante hasta las historias, coplas, versos, corridos, canciones, poemas, cuentos, todo tenía cabida en sus libros”.

Sin embargo, con excepción del trabajo de Englekirk y éstos de Rosenblat y Mendoza Díaz que acabo de citar, poco es lo que con propiedad y como resultado de un conocimiento directo o de una investigación, se ha dicho sobre Torrealba y en especial sobre su escritura. En la mayoría de los casos, las consideraciones se limitan a una breve referencia sobre el informante y baquiano de 1927, soslayando la búsqueda y análisis de una fuente que, hipotéticamente, pudiera tener en Doña Bárbara y sobre todo en Cantaclaro una participación más significativa que la que se le ha asignado y, del mismo modo, obviando la relación de fraterna amistad que hubo entre Gallegos y Torrealba desde esa Semana Santa de 1927.

            1.1.- El trabajo del profesor John E. Englekirk, “Doña Bárbara, legend of the Llano”, data de 1947, año en que este investigador norteamericano lo leyó en la XXIX Asamblea Anual de The American Association of Teachers of Spanish and Portuguese. En 1948, se publicó en Hispania (N° XXXI, pp. 259-270) y en 1962 el profesor Oscar Sambrano Urdaneta lo tradujo del inglés y lo publicó en la Revista Nacional de Cultura (N° 155, pp. 55-69).

El año de 1947, a raíz de una conversación que sostuvo en Caracas con Gallegos, el profesor Englekirk fue a San Fernando de Apure. Allí, en la Joyería de José Faoro, se entrevistó con Torrealba y revisó algunos de sus manuscritos. De esa entrevista, Englekirk dice:

Antonio Torrealba vive ahora en San Fernando adonde llegó procedente de La Candelaria  unos 17 años atrás. No se presta a confusión su “cara redonda, de color aceitunado”. El  tiempo, indudablemente, ha tallado a este “araucano buen mozo”, que se acerca a los 50 años. Su estatura mediana y su pie izquierdo estropeado parecen acentuar sus 250 libras de  peso, y desmentir que fuera el Antonio guía y consejero de otros días. Actualmente trabaja  en una joyería donde limpia y pule cuando no está regalando a cuantos le escuchan con  cuentos de la vida llanera, o llenando libros de contabilidad con coplas de la tradición oral o de su propia cosecha.

Cronológicamente, creo que este trabajo es el primero en sistematizar y en dar a conocer fuera de Venezuela, la relación entre Torrealba y Gallegos:

Fue Antonio quien le sirvió de guía y de constante compañero en 1927, y quien le proporcionó una extensa colección de coplas y de otras formas de versificación popular que hallarían sitio en Doña Bárbara y más tarde en Cantaclaro.

Con esto, en modo alguno, pretendo decir que anterior a Englekirk no se hubieran identificado los referentes de algunos personajes galleguianos pues -tal como afirma el mismo Englekirk- en una oportunidad, en 1936, Gallegos sugirió “que Doña Bárbara nació de los contactos vivos, de las leyendas y los hechos recogidos en aquel corto viaje al Apure en 1927”. Pero sí quiero destacar que, basándose en la revisión de los manuscritos de Torrealba, sólo Englekirk ha hecho un reconocimiento más detallado de muchos de los personajes de Doña Bárbara:

Antonio José Torrealba Ostos es fácilmente identificable en el peón Antonio Sandoval que  da la bienvenida a Santos Luzardo en Altamira. (…) Melquíades Gamarra, el “brujeador”,  según él dice, era Juan Ignacio Fuenmayor. (…) Balbino Paiva, el mayordomo escogido por Doña Bárbara para Altamira, era Eladio Paiva del Alto Apure. Encarnación Matute era un tal Encarnación Contreras. (…) El viejo Melesio, padre de Antonio Sandoval, “anciano de piel cuarteada, pero con la cabeza todavía negra”, era Brígido Reyes. (…) Ramón Nolasco era Pedro Tovar. (…) Una importante identificación que se le pasó por alto a Antonio fue la de la familia Barquero. Sin embargo, una de sus composiciones se refiere a un hacendado de Apure de este nombre. (…) En unas extensas posesiones a lo largo del Arauca (…) vivía una mujer llamada Francisca Vásquez, la cual había ganado fama de ser la hombruna o marimacho del hato Mata el Totumo. (…) Gallegos no habló con ella ni visitó su hato. Antonio Torrealba sí la vio muchas veces y uno puede imaginarse que de historias no le contaría a Gallegos de sus proezas, de sus mañas, de su codicia y de su dominio sobre los hombres.

De igual forma, basándose nuevamente en Torrealba, es Englekirk quien plantea, directamente, que Gallegos reelaboró temas y personajes que no eran de su particular creación:

El libro de Antonio está lleno de coplas, galerones, joropos, septillas, corridos, “diálogos”  o “contiendas”, muchos de su propia cosecha, algunos buenos, otros, forzoso le es admitirlo, “malos” o más bien “escandalosos”. En dicho libro puede encontrarse también una larguísima versión del popular “Zamuro”, muchas de cuyas estrofas incluyó Gallegos en su excelente descripción del baile. Hay en ella la legendaria contienda entre Florentino y el Diablo, cantada en casi toda reunión. “La Chipola” a la que Antonio califica como “el  joropo nacional del Llano”, está igualmente en el libro de Antonio. Estas coplas no se encuentran en ninguna de las colecciones de canciones populares venezolanas existentes. Gallegos hizo su selección del extenso repertorio que le suplió Antonio. Y de éste provinieron también las coplas cantadas durante el ordeño.

Sin embargo, el estudio de Englekirk parece que pasó inadvertido para muchos y no estimuló ni la búsqueda de los manuscritos de Torrealba, ni su posterior publicación una vez que éstos llegaron a manos del profesor Ángel Rosenblat, y menos una revisión de las fuentes de Doña Bárbara y Cantaclaro, a pesar de que en 1950, en un “Prólogo” que escribió para la primera de estas dos novelas, Mariano Picón Salas calificó el estudio de Englekirk como un “valioso trabajo” que analiza “lo que puede llamarse la topografía del libro”. Ricardo Montilla (1964), por ejemplo, al comentar la motivación de “algunos personajes galleguianos” sólo cita a Englekirk para decir que con su estudio “sobre el terreno de los hechos, circunstancias, personajes y medio ambiente de Doña Bárbara”, este investigador “pudo comprobar cómo la obra de ficción ha sido más poderosa que la realidad y el libro ha pasado a ser para la gente de la amplia región apureña algo así como una historia legendaria, como La Ilíada o La Odisea para los griegos, el Mío Cid o Don Quijote para la región de Castilla”. En este comentario, Montilla casi olvidaba que con anterioridad (1958: 45) había señalado que él daría “los nombres que en la vida real tuvieron muchos de ellos”, de los personajes, “callados discretamente por Gallegos, pero recogidos por el profesor Englekirk, sin veladuras, como correspondía a la índole de su trabajo”. Por su parte, Efraín Subero (1979: 17) no incluye la de Englekirk entre las referencias bibliográficas que cita con respecto al viaje de Gallegos en 1927 y al origen de algunos de los personajes de Doña Bárbara.

            1.2.- En 1936, el profesor Ángel Rosenblat publicó “Los otomacos y taparitas en los Llanos de Venezuela”, un ensayo en el que hizo “un estudio comparativo entre la lengua de los otomacos y la de los taparitas” e intentó “la colocación de ambas en el cuadro lingüístico del continente”. Su estudio -según sus propias palabras (1964: 281)- “se basaba en viejos informes, y la reconstrucción lingüística de dos vocabularios del siglo XVIII bastante deficientes”.

Desde su llegada a Venezuela, Rosenblat se preguntó si “podría completar, con el contacto vivo, la imagen fragmentaria y borrosa que surgía de los viejos papeles”. Para responderse esta interrogante, él viajó en dos oportunidades en búsqueda de los otomacos. La primera, en 1948, “desde Puerto Páez, sobre el Meta, hasta la Urbana y luego desde la Urbana hasta Caicara y Cabruta”. La segunda, en 1949, “al pueblo de Cunaviche, el viejo San José de Leonisa de Cunaviche fundado en 1778, con indios otomacos y yaruros”. (Cf. 1964: 281). En este segundo viaje lo acompañó su discípulo Ricardo Mendoza Díaz.

En Cunaviche, Rosenblat recibió de Gregorio Jiménez, un sobrino de Torrealba, los manuscritos del Diario de un llanero y, a su vez, Mendoza recibió tres libretones de contabilidad llenos de versos, propios y ajenos, que Torrealba tituló Versos rústicos netamente llaneros de autores conocidos y desconocidos. “Mi tío -me dijo Gregorio en una de las entrevistas que tuvimos- quería que esos papeles llegaran a Gallegos, pero como ya él estaba en el exilio yo no supe dónde enviárselos y se los entregué al profesor Rosenblat para que él lo hiciera. Pero el tiempo fue pasando y tanto él como yo nos desentendimos del encargo. Después no nos volvimos a ver, aunque permanecíamos en contacto. Una vez supe que los Cuadernos andaban todavía por el Instituto porque Jackson, uno de mis hijos, trabajó con Rosenblat como secretario y me dijo que los había visto”.

Algunos meses después de su viaje a Cunaviche, Rosenblat publicó el artículo “Grandeza y decadencia de los otomacos” que ya cité. En él, después de hacer un recuento histórico a propósito de la nación otomaca, Rosenblat (1950) afirma:

Don Antonio había muerto hacía un año. Dejó escritos cuarenta enormes cuadernos de letra menuda, con un título general: Diario de un llanero. Los diez primeros parece que los envió a Rómulo Gallegos. Los otros treinta los hemos traído a Caracas, por generosidad de Gregorio Jiménez, su sobrino, bisnieto de otomacos, que es secretario de la Corte Superior de San Fernando de Apure. Esos cuadernos no se pueden publicar en bruto. Pero tienen una riqueza inmensa de materiales que adecuadamente elaborados pueden constituir una obra formidable sobre la vida llanera que se está modernizando a ritmo vertiginoso.

En 1964, Rosenblat volvió a publicar su ensayo “Los otomacos y los taparitas en los llanos de Venezuela”. En esa reedición, como Epílogo, incluyó algunas de las informaciones que ya había dado en 1950 con respecto a Torrealba y a sus manuscritos, y expresó la opinión que entonces tenía sobre estos materiales y lo que se proponía hacer con ellos:

Antonio José Torrealba, gran conocedor del Llano, sirvió de guía a Rómulo Gallegos cuando éste llegó en 1927 al hato de La Candelaria y le dio rica información que le sirvió para la elaboración de Doña Bárbara: en la obra aparece representado en la figura de Antonio Sandoval. Cuando llegamos a Cunaviche había muerto hacía un año, pero había dejado una serie de cuadernos con el título de Diario de un llanero.

El éxito de Doña Bárbara le había inducido a recoger sus recuerdos y a novelarlos. Sin tener condiciones literarias, fue llenando cuaderno tras cuaderno (más de cuarenta a dos columnas), con escenas, coplas, recuerdos de paz y de guerra y relatos y aventuras diversas. Las mejores escenas son las que describen la vida animal. Los primeros cuadernos se los envió a Rómulo Gallegos y parece que se extraviaron. Los demás los hemos traído a Caracas, por generosidad de Gregorio Jiménez, su sobrino, bisnieto de otomacos, que era entonces secretario de la Corte Superior de San Fernando de Apure. De esos cuadernos esperamos extraer un relato de la vieja vida llanera. (Cf. 1964: 284).

La intención de Rosenblat, de acuerdo con lo que él mismo afirma y con lo que establecí con esta investigación, era la de rehacer lo ya escrito por Torrealba. Para ello, podaría el lenguaje, corregiría el aspecto gramatical y transformaría las estructuras narrativas, es decir, Rosenblat se proponía hacer lo que Max Bense y Elizabeth Walther (1975) definirían como un metatexto. El trabajo se lo asignó, en diferentes oportunidades, a algunos de los investigadores que con él se iniciaban en estas labores, pero este proyecto sólo se cumplió parcialmente y lo hecho no llegó a publicarse. Como ejemplo del mismo, remito al Cuaderno N° 41, cuyo original se extravió y lo he reconstruido, en parte, con lo hecho u ordenado por Rosenblat. De esta misma procedencia son los dos relatos del Epílogo, cuyos manuscritos tampoco aparecieron.

Los manuscritos del Diario, además, se papeletizaron con el propósito de extraer información acerca del léxico regional apureño. Parte de esa información se incorporó al fichero del Instituto de Filología “Andrés Bello” para ser utilizada en el Diccionario de venezolanismos.

También, como parte del estudio que intentó el profesor Rosenblat con el Diario, existe una nota, de la que poseo un original escrito a máquina, sin fecha. Desconozco si esta nota, junto con algún texto de Torrealba, llegó a publicarse. En ella, se afirma:

Tenemos en estudio en el Instituto Filológico (sic) “Andrés Bello” que dirige el profesor Ángel Rosenblat, los numerosos manuscritos de una obra que su autor, el Sr. Torrealba,            tituló Diario de un llanero. El Sr. Torrealba no es ni un estilista ni siquiera un escritor de  primera fila, pero a mi entender, el interés de su manuscrito supera en mucho al que pudiera    tener cualquier costumbrista, que dominando la gramática y a veces usando el diccionario para enriquecer el léxico, pasa a ocupar un lugar en la Literatura de cualquier país. (…)     Pero lo que en mi concepto da un lugar inestimable al manuscrito, es el léxico, riquísimo, empleado en su redacción. (…) A veces, el léxico se hace tan realista que llega al límite del naturalismo grosero y escatológico; pero lo que es una grave falta literaria, sigue  conteniendo un indudable valor lingüístico como exponente fidedigno de la lengua hablada  por estos rudos vaqueros.

            1.3.- La crónica de Ricardo Mendoza Díaz, “Cunaviche, último refugio de tradiciones llaneras”, se publicó en San Fernando de Apure el 17 de enero de 1951, en Raudal, un semanario que Mendoza dirigía. Curiosamente, el día y mes de la publicación coinciden con un aniversario más del nacimiento de Torrealba. Según su autor, esta crónica se publicó por vez primera en Vértice, un “periódico del Instituto Pedagógico Nacional”, en mayo de 1950, lo que la haría anterior al trabajo “Grandeza y decadencia de los otomacos” del profesor Rosenblat. En esta publicación, Mendoza precisa que Torrealba dejó “cuarenta cuadernos manuscritos, que tiene cada uno de ochenta a cien páginas, titulados Diario de un llanero y tres ‘libros’, especie de antología, titulados Versos rústicos netamente llaneros de autores conocidos y desconocidos”.

“Yo -me dice Mendoza en nuestra primera entrevista- trabajé con el profesor Rosenblat, fichando libros para el Diccionario de venezolanismos, desde que se fundó el Instituto hasta 1950 en que me gradué de profesor y me fui para Apure. En 1949, lo acompañé a Cunaviche y fue entonces cuando conseguimos los manuscritos de Torrealba. Desde ese año, yo conservo estos tres Libretones”.

De uno de estos tres libros de versos, Mendoza tomó el “Corrío del muchacho becerrero y el hombre que mandaba por adivinanzas” (que aparece además en el Diario) y, también en Raudal, lo publicó el 24 de enero de 1951. El texto -según advierte Mendoza en la presentación- “es una versión recogida por Don Antonio Torrealba Osto, que tiene la particularidad de aparecer en forma de corrido y como adivinanzas”.

22 años después, en marzo de 1973, en El Precursor, un “órgano de expresión de la comunidad educativa del Liceo Francisco de Miranda” de Los Teques, Mendoza publicó otra composición de Torrealba, seis coplas presentadas con esta nota:

Voy a cantarle algunas coplas recogidas por Antonio José Torrealba Osto en 1927, “gran  amigo de Rómulo Gallegos” este renco viejo, que desde la tumba espera que se haga justicia publicando sus manuscritos. La U. C. V. tiene 41 cuadernos suyos con el título de Diario de un llanero.

Ya para este momento, cierta atmósfera de silencio envolvía los manuscritos. Da la impresión de que, con el tiempo, Rosenblat y Mendoza se fueron olvidando de sus respectivos propósitos. “Mi intención -me dice el segundo de los nombrados- era publicar, dar a conocer la obra de Torrealba y, además, escribir un trabajo sobre él y, especialmente, sobre algunas frases y dichos del habla popular que se documentan en sus textos. Pero, por algún motivo, este proyecto siempre se me fue retrasando. Ahora, en vista de que tú vas a editar el Diario, te dejó los Libretones para que los publiques también”.

            1.4.- A partir de 1954, año en que Gallegos publicó su ya citado “Prólogo” a la edición conmemorativa de los 25 años de Doña Bárbara, se generalizó entre los críticos de su obra el reconocimiento de Torrealba como baquiano e informante. Además se estableció definitivamente que él “es el Antonio Sandoval de la novela”. Sin embargo, con excepción de Ricardo Montilla en uno de tres artículos que publica sobre este particular (Cf. 1958), nada se dice con respecto a los manuscritos de Torrealba y menos con respecto a la posibilidad de que Gallegos hubiera conocido algunos de estos textos. Tampoco se dice que Torrealba y Gallegos se volvieron a encontrar tres o cuatro veces más después de 1927. Una de ellas fue en Caracas en 1930 y otra en San Fernando, en una gira que hizo Gallegos siendo Presidente de la República y que sirvió para que el entonces Gobernador de Apure, el doctor Pedro Elías Hernández (1978: 10) nombrara a Torrealba como Prefecto de Cunaviche.

Entre estas referencias, por ahora, destacaré las de Lowell Dunham, Juan Liscano y, especialmente, las de Ricardo Montilla.

Dunham, que está considerado como uno de los mejores biógrafos de Gallegos, en uno de sus trabajos (1957: 63) destaca que “durante su estancia en el hato, Gallegos tuvo como guía a un llanero de San Fernando, llamado Antonio José Torrealba. Don Antonio era ayudante del administrador. Fue él quien le mostró a Gallegos los llanos y lo presentó a los llaneros haciéndole ver su forma de vida y oír sus canciones”.

Liscano, por su parte, al destacar la trascendencia del viaje de Gallegos y su encuentro “con personajes acaso premitidos”, subraya la influencia decisiva del paisaje como agente liberador del daimon de la creación. Gallegos, prácticamente, según esta fuente, estaba predestinado a escribir la gran novela de la tierra. “La novela -dice Liscano (1969: 103)- se organizó en la mente de Gallegos sustentada en la conjunción del paisaje llanero y la personalidad de Francisca Vásquez. Lo demás vino por añadidura. Fue lo que el novelista apuntó durante su permanencia en el Hato La Candelaria, donde le sirvió de baquiano en el conocimiento de la vida y de las costumbres del llano, el peón Antonio José Torrealba, en la novela Antonio Sandoval”. “Nada demuestra mejor esta premonición -agrega Liscano (1969: 107)- como el hecho de que bastaron una conversación de una tarde con el Señor Rodríguez y algunos días pasados en el Hato La Candelaria, donde Antonio José Torrealba (en la novela Antonio Sandoval) le pusiera en contacto con las gentes, los dichos y las costumbres llaneras, para que en 28 días de febril escritura, tomara forma una novela…”

Al igual que Dunham y Liscano, Montilla, en su intento de “llevar de la mano al lector ante una galería de personajes galleguianos, de los cuales por suerte para los estudiosos de la obra del Maestro muchos han permitido su identificación en la vida real” (Cf. 1964), retoma lo expuesto por Gallegos (1954) y, al identificar a varias de las personas que aparecen en una foto, con este último sentado sobre un caimán, Montilla precisa que “de pie sobre la cabeza del caimán, con el brazo izquierdo cruzado sobre el pecho y con sombrero pelo de guama, se ve a Antonio Torrealba. Es el Antonio Sandoval de la novela”.

Después, en unas declaraciones dadas a Arístides Bastidas (1969), Montilla ratificaría lo dicho sobre Torrealba y expondría el porqué de su vinculación con Gallegos y su obra:

Durante los cinco días que duró su permanencia en La Candelaria, Gallegos cultivó una asidua amistad con el caporal de sabana de la misma, Antonio Torrealba, que aparece como Antonio Sandoval, caporal de Altamira. La razón de este acercamiento estaba en la riqueza narrativa de Torrealba. Poseía un exquisito don de conversación y relataba los episodios más fantásticos sobre la vida llanera, de los cuales Gallegos atento y silencioso tomaba nota. No debe sorprender, comenta Montilla, que aquel hombre sin mayor pulimento y ajeno a toda la literatura, fuera sin embargo una de las fuentes que más cautivaran a Gallegos en la búsqueda de los elementos con que urdiría su extraordinaria novela. Después que ésta se publicó, Torrealba solía jactarse de que él era coautor de la obra.

Personalmente, creo que Montilla jamás se imaginó que Torrealba, independientemente de su “riqueza narrativa” y de su relación circunstancial con Gallegos, poseía una riqueza cultural insospechada para el hombre rústico que aparentaba ser y para el medio en que nació y se crio. Tampoco se imaginó que, en consecuencia y con cierto índice de propiedad, Torrealba conociera la tradición mitológica grecolatina, la épica española, la francesa, el Romancero y, además, algo de la obra de escritores como Hugo, Cervantes, Dumas, Balzac, Zamacois, Pérez Escrich y otros como Torres del Valle, Arvelo Torrealba, Juan Santaella, Clara Vivas Briceño, Lazo Martí, Gabriela Mistral, Gaspar Marcano, Ismael Urdaneta, Teófilo Trujillo y varios más. Y, menos, que fuese espiritista, teósofo y posiblemente rosacruz.

Con anterioridad a estas declaraciones a Bastidas y a su artículo de 1964, Montilla reprodujo en la revista El Farol (N° 179 de 1958), “Algunas noticias sobre Doña Bárbara”, unas “cuartillas virtualmente inéditas para la mayoría de los lectores venezolanos”, que él había publicado el 24 de octubre de 1954 en el Suplemento Literario del diario El Nacional de México, en ocasión del Homenaje Continental a Doña Bárbara por sus 25 años. En 1985, el Congreso de la República, con compilación y notas de Montilla, editó en un volumen el contenido de aquel Suplemento Literario. En esa publicación, Montilla (1985: 45) recoge lo dicho por Gallegos con respecto a Torrealba y agrega lo siguiente:

A pesar de su condición de rústico, con alfabeto rudimentario ayudándole la inteligencia natural, Antonio entendió desde el primer momento las finalidades perseguidas por el forastero preguntador, y no sólo le suministró durante la visita cuanta información pidió, sino que posteriormente le hizo llegar a Caracas varios cuadernos llenos de coplas, corridos, anécdotas, cuentos, etc., rico acervo folklórico de preciosa utilidad para el novelista, aprovechado magistralmente en Doña Bárbara y Cantaclaro, especialmente en  éste.

Doña Bárbara, según Montilla en la primera versión de su trabajo, la de 1954 (Cf. 1985: 50), cumplió su proceso de gestación “después del regreso de Gallegos a Caracas, abandonado ya el proyecto de su libro La Rebelión, ordenados sus apuntes y recibidos los que le enviara Antonio Torrealba; redondeaba la elaboración mental de la obra, se puso a la máquina y en veintiocho días terminó el manuscrito. Lo tituló La Coronela”. En cambio, según la versión de 1958 (Cf. p. 48), fue de este modo:

Después del regreso de Gallegos a Caracas, abandonado ya el proyecto de su libro La Casa de los Cedeños, ordenados sus apuntes, redondeada la elaboración mental de la obra, se puso a la máquina y en veintiocho días terminó el manuscrito. Lo tituló La Coronela.

De estas palabras, dichas por una de las personas más vinculadas a Gallegos y a su creación, se infiere que el novelista conoció algunos de los manuscritos y que de ellos -tal como ya lo había señalado Englekirk- “hizo su selección”, sobre todo en lo tocante a algunas formas populares de versificación y a algunos cuentos y estampas de la vida llanera.

Esta opinión de Montilla, con respecto a que el novelista aprovechó magistralmente varios cuadernos, “especialmente” en Cantaclaro, coincide y, en cierto modo, apuntala mi idea de que Torrealba tiene una participación significativa en la motivación de algunos signos e historias de Doña Bárbara y Cantaclaro. La información contenida en un texto–objeto primitivo pudo, además, incrementarse con un nuevo encuentro de Gallegos con Torrealba. Esta vez en Caracas, en 1930, un año antes de que Gallegos se fuera al exterior. En esa oportunidad quien sirvió de baquiano por las calles, plazas y monumentos de la capital de entonces fue Gallegos. De este encuentro, Torrealba dejó un amplio testimonio en las páginas del Diario. Uno puede -junto con Englekirk- “imaginarse que de historias no le contaría a Gallegos”, en quien ya había germinado la idea de Cantaclaro. Esta se publicaría en 1934.

En ese mismo artículo, siempre en su loable propósito de exaltar la obra del maestro y, en este caso, delineando el paralelismo realidad–ficción de los personajes de Doña Bárbara, Montilla (1958: 45) agrega:

Entre los apureños que desde San Fernando acompañaron a Gallegos hasta las sabanas de “La Candelaria” iba el doctor Sánchez Hostos, abogado, muy conocedor de la vida de su       región, al mismo tiempo que un egresado de la Universidad de Caracas. En muchas ocasiones, cuando aquél inquiría sobre determinado asunto que le hubiera interesado, Sánchez Hostos se adelantaba a dar la explicación en sus cultas letras. Refiere Gallegos que Antonio Torrealba lo interrumpía muy a menudo diciéndole:

-Perdóneme, doctor; lo que el señor quiere saber es esto… Dando justamente la   información que el escritor deseaba, en muchos casos distinta a la del letrado, o cuando no más precisa.

Con esta última información de Montilla y con su criterio de que Torrealba “poseía un exquisito don de conversación y relataba los episodios más fantásticos de la vida llanera”, y el de que era un “hombre sin mayor pulimento y ajeno a toda la literatura” que “solía jactarse de que él era coautor” de Doña Bárbara (Cf. Bastidas, 1969), coincide el profesor Mario Torrealba Lossi (1985: 104), quien al referirse a unos de los momentos de Gallegos en La Candelaria en compañía de Torrealba y Sánchez Ostos, escribe:

Antonio Torrealba cautivó a Gallegos, más que Sánchez Ostos y el resto de los anfitriones y amigos de San Fernando. Poseía aquél un exquisito don de conversación y relataba episodios fantásticos sobre la vida llanera, de los cuales Gallegos, atento y silencioso, tomaba nota. Después de la fama adquirida por la novela, Antonio Torrealba se jactaba inocentemente de que él fue “coautor de la obra”. No era así. Nunca pudo serlo. Pero el      escritor jamás desconoció el valioso aporte que le brindaron tanto el periodista y escritor provinciano como aquel individuo, sin pulimento y ajeno a las letras, cuyo nombre tiene visos de leyenda.

Con todos estos testimonios, se plantea una situación que, a pesar de no ser novedosa, no deja de ser interesante en cuanto que, por un lado, insinúa la revisión de algunos parámetros de la creación literaria y por otro, sugiere la posibilidad de que en la motivación de las dos novelas galleguianas de ambiente llanero haya habido una información, oral y escrita, que representa un primer nivel de metalenguaje también de índole estética, pues desde siempre se dijo que Torrealba escribía y, además, que Gallegos conoció algunos de sus escritos. Esto, repito, no es en sí novedoso, pero siempre despierta expectativas y -tal como lo dijo el profesor Oscar Sambrano Urdaneta (1984)- “no es la primera vez que se plantea” y, además, “el propio Gallegos exaltó su amistad y reconoció su deuda con el amigo llanero”. O como dice Torrealba Lossi (1985: 104):”el escritor jamás desconoció el valioso aporte que le brindaron tanto el periodista e historiador provinciano (Sánchez Ostos) como aquel individuo” (Torrealba).

Sin embargo, esta situación, en personas como Ramón Mota Báez (1979c: 2), por ejemplo, lo induce a afirmar que “a pesar de que Gallegos quiere concretar la participación del Sr. Rodríguez como fundamentalmente oral, circula una versión -no del todo infundada- de que Antonio José Torrealba le suministró a Rómulo Gallegos unos cuadernos donde él había ido realizando una serie de recopilaciones, descripciones, poemas, etc., de la vida llanera, y que son probablemente la apoyatura del nuevo Gallegos escritor que surge desde 1929 con Doña Bárbara”.

En ese mismo escrito, este autor destaca que, a pesar del momento de madurez por el que atraviesa Gallegos, es imposible tal conocimiento de la vida llanera sin la presencia de una información directa:

… por mucha madurez (Gallegos escribe Doña Bárbara a los 45 años) es inaudito el conocimiento que logra el autor en una semana en que visita por primera vez el llano; la transformación del escritor que es Gallegos con la publicación de Doña Bárbara, es de tal  magnitud que se ha llegado a hablar de milagros literarios.

Desde luego -sostiene Mota Báez en otra parte de su escrito (1979d: 8)- “si Gallegos no hubiera sido un hombre preparado por el trabajo y el estudio, es muy probable que toda la valiosísima información suministrada por Torrealba se habría perdido sin pena ni gloria”. O tal vez se hubiera quedado como curiosidad folklórica o como testimonio de un uso muy sui generis de la lengua. Mota Báez (1979b: 2) llega inclusive a afirmar que “se sabe con toda precisión” que el Señor Rodríguez y Antonio José Torrealba son la misma persona.

            2.- Pero, en verdad, soslayando lo tradicional, ¿quién es Antonio José Torrealba?, ¿en qué medida tuvo una participación significativa en novelas como Doña Bárbara y Cantaclaro?, ¿cómo explicar o entender su hipotética presencia en ambos discursos galleguianos?

            2.1.- Antonio José Torrealba nació en Cunaviche en 1883. Según consta en el Acta N° 12 del Libro de Nacimientos del Municipio Cunaviche de ese año, el 3 de septiembre fue presentado “un niño varón de nombre Ramón Antonio” que había nacido el día anterior. La presentación estuvo  a cargo de Antonio José Torrealba, quien manifestó que el presentado era hijo legítimo de su matrimonio con Josefa Vinicia Osto.

Del acta, se deduce entonces que legalmente Torrealba se llamaba Ramón Antonio. Esto, que extraña hasta a sus familiares, quizás ni siquiera él mismo lo supo, pues, para todos siempre llevó el nombre de su padre. Tampoco supo que se le inscribió como nacido en septiembre, cuando en verdad, y de esto hay otros testimonios, había nacido en el día de San Antonio Abad, el 17 de enero de ese año 1883. No estaría demás decir que estos errores son frecuentes en registros de esta naturaleza, sobre todo en épocas pretéritas. Particularmente, me inclino por la fecha de enero como la auténtica, ya que resulta hasta sorprendente el que, en ese tiempo y en ese medio, se presentara un niño apenas un día después de nacido.

Del padre, del viejo Antonio José Torrealba, “de profesión criador”, se sabe -tal como lo atestigua su firma en documentos de aquel entonces- que fue Prefecto de Cunaviche en varias oportunidades. De doña Josefa Vinicia, en cambio, poco es lo que se recuerda. Sólo que era hija de una india otomaca y de Manuel Solórzano y que, al morir, muy joven todavía, dejó dos hijos: Evaristo de año y medio, y Antonio José de apenas seis meses de edad.

Se cuenta que al morir doña Vinicia, al pequeño Antonio José lo alimentaron con la leche de una yegua que, a su vez, amamantaba a un potro al que él, posteriormente, en sus escritos, reconocería como su hermano de leche y le daría el nombre de Jovial. Este hecho, tal vez leyenda, aunque realidad, quizás lo marcó para siempre en sus relaciones con la Naturaleza y con los animales y, entre otros, con los caballos. A las yeguas, por ejemplo, después de bañarlas, les ponía zarcillos, les adornaba las crines con flores y les hablaba con delicadeza. Hay quien dice que su renquera fue por un maldeojo, pero no falta quien diga que fue por haber mamado de una yegua. “Tal vez se sentía caballo -escribió una vez la periodista Elizabeth Fuentes (1984)- y “quien sabe si aquel maldeojo que lo visitó tan temprano (su pie equino) fue más bien las ganas de ser potro que lo acompañaron hasta después de viejo”. Él -coinciden en afirmar Segismundo Pineda, Carmelo Araca, Ramón Rattia, Pedro Velásquez y otros que lo conocieron o fueron sus amigos- “hablaba no sólo con las bestias, sino también con los perros y con los pájaros”. Tal vez, digo yo, Torrealba poseía una rara intuición para comprender el funcionamiento de varios sistemas de signos, pues, además del español, hablaba el yaruro y el otomaco. Sin duda esta cualidad para aprehender el valor de los signos contribuyó a que todos, en su medio, lo tuvieran como “un hombre sabio y faculto”, como un ente legendario.

“Los dos hermanos, mi papá Evaristo y mi tío Antonio, -me dice doña Mercedes Torrealba de Loreto- quedaron huérfanos muy pequeños y se criaron en casa de doña Felipa Páez. Cuando mi papá murió, mi tío se hizo cargo de nosotros”.

Evaristo habría nacido en 1882, aunque de acuerdo con su Acta de nacimiento -la N° 26 del Libro de Nacimientos de Cunaviche de 1886- habría sido en este último año, el 16 de octubre. “Esa acta -me dice ahora su hija- está equivocada porque mi papá era mayor que mi tío Antonio. A él le decían El cunavichero y era un llanero de los de adelante con una soga y un caballo bueno, pero tomaba mucho. Y eso lo mató”. Evaristo, en efecto, según consta en su Acta de defunción, falleció de una “miocarditis asistólica proveniente de alcoholismo”, el 13 de julio de 1917. En este mismo documento se hace constar que el difunto tenía 34 años y era hijo legítimo de Antonio José Torrealba y Benicia Osto. El exponente de la defunción ante las autoridades respectivas fue su hermano Antonio José.

Antonio José y Evaristo heredaron de su padre una extensa sabana que, de acuerdo con el documento de registro, el N° 5 del Tercer Trimestre de 1886, del Distrito San Fernando, abarcaba unas “cinco y media leguas” de “terreno propio para la cría”. Al morir Evaristo, Antonio José quedó como único propietario. “En verdad -me cuenta Gregorio Jiménez- la herencia nunca se repartió porque eran muchos hermanos, hijos naturales del viejo que era muy mujeriego… Nadie procuró que le dieran su parte, sino que Tío Antonio manejaba todo eso y tenía todo ese gentío a su alrededor, entre ellos mi mamá y yo, que éramos Jiménez”.

Con el tiempo, Torrealba perdió la posesión heredada al no poder cancelar una hipoteca que había contraído a favor de Esteban Vivas. Según el testimonio del mismo Gregorio Jiménez, “el verdadero causante de esta pérdida fue el general Vicencio Pérez Soto que para entonces era Presidente del estado y le propuso a mi tío que le vendiera un pedazo de tierra donde había una laguna riquísima y como él no aceptó, entonces el general preparó una intriga”.

Ante de la negativa de Torrealba, se cuenta que Pérez Soto se hizo de la hipoteca y, de este modo, lo obligó a entregar las tierras de Santa Rita. “El precio de la venta -según se lee en el Acta N° 31, folios del 48 al 50, del Protocolo Primero, Primer Trimestre del año 1922- es de seis mil bolívares cuya suma la he imputado en pago del crédito que contraje a favor del prenombrado Vivas”. En Apure, todavía hay quienes recuerdan que antes de que se consumara la liquidación, varios amigos de Torrealba le recomendaron que se fuera a Colombia para tratar de evadir el zarpazo de Pérez Soto. Sin embargo, él prefirió enfrentar las circunstancias.

Este hecho, que fue decisivo en la vida de Torrealba, Gregorio Jiménez me lo resumió en estos términos:

Él estuvo trabajando hasta el año 21 en su fundo. Tenía varias leguas de sabana y un buen puño de reses y caballos, pero era apático y despreocupado. Adquirió una cuenta y cuando      a poco lo embargaron, más que todo por influencias políticas porque el general Pérez Soto le propuso comprarle el hato. “-Es que me he enamorado de la laguna de Santa Rita”, argumentó Pérez Soto. Era una laguna grandísima y muy honda, nunca se secaba y siempre había pescado en cantidad. Entonces, bueno, le llegó el embargo y se vio obligado a  entregar la tierra con todo a Esteban Vivas que era el fiador de él. Entonces él salió de ahí y vino a trabajar en el hato La Candelaria, propiedad del Benemérito. También, obligado por las circunstancias, trabajó en Palambra, en Burón, en San Pablo, Los Cocos, El Milagro y en Corozo Pando y Flores Moradas que son hatos del Guárico.

De este modo, al perder la tierra y el ganado, el dueño se convirtió en peón. En un hombre brutalmente arruinado que se empleó como peón de llano. En esa situación, de caporal de sabana de La Candelaria, se lo encontró Gallegos en 1927. De peón -y el testimonio es de Englekirk- había ascendido por su capacidad de trabajo y por su conocimiento cabal de las costumbres y tradiciones del Llano. Ya para entonces corría su fama de versificador y de extraordinario narrador.

En 1948, en “Añoranzas de mi tierra”, una extensa composición en versos rústicos, una especie de diálogo con sentido tono bucólico que aparece en uno de los Libretones, Torrealba evocó esa laguna y a ella, entre otros momentos de su vida, le contó su encuentro con Gallegos en Los Cañitos:

De no ir a Santa Rita

tenía veinticinco años,

donde nací y me crie

donde tenía mis rebaños.

…        …

De aquellos tiempos tan bellos

de cuando existía el llano,

ya no existen los caminos

sólo bosques intrincados.

…        …

Llegamos a la laguna,

aquella laguna bella,

no tiene cristalinas aguas

sus aguas están revueltas.

…        …

En el hato Los Cañitos

a Gallegos conocí,

él es un gran novelista

a él le hablaba de ti.

…        …

Él nos sacó en su novela,

hizo conocer el llano,

en la Europa y en América

una acción de soberano.

…        …

A esa laguna, en este mismo texto, también le hablaría de sus ilusiones y esperanzas presentes:

Ahora es el Presidente

de la amada Venezuela,

con ese hombre es que yo cuento

porque él es persona buena.

…        …

Si me ayuda como pienso

somos de nuevo feliz,

viéndote siempre a mi lado

mis coplas serán para ti.

…        …

De Torrealba también se dice que era un magnífico maraquero, que componía “valses silbados -la frase es de Carmelo Araca, uno de sus discípulos y amanuenses- oyendo a los pájaros cantar”, y que, a pesar de su renquera y de sus 250 libras de peso, era un gran bailador de joropos. “Como pocos -dice Ángela Faoro. Don Antonio, bailando era un verdadero prodigio”. Ángela es la viuda de Faoro, el dueño del joyería donde trabajaba Torrealba cuando Englekirk viajó hasta San Fernando a entrevistarlo. Allí estuvo hasta 1948, el año en que el presidente Gallegos y el gobernador Pedro Elías Hernández lo mandaron de Prefecto para Cunaviche. “Me voy -se le oyó decir entonces- para Cunaviche, a arreglar a mi pueblo”. Y, con su ingenio, trató de arreglarlo: organizó los vecinos y junto con ellos construyó la torre del campanario de la única iglesia del pueblo, hicieron una escuela donde dictaban clases nocturnas a los adultos y con su amigo el Presidente consiguió un radio de pilas que, por la noche, colgaba de un árbol en la plaza para que todos oyeran música y se enteraran de los acontecimientos del resto del mundo. Puso orden en el pueblo y hasta acabó con los escándalos que noche tras noche las prostitutas de la zona roja de la localidad. “A cada rato -me refiere José Rafael Cedeño, más conocido como Cuicas, frente a la Plaza Bolívar en una tarde cunavichera- las mujeres vivían peleando, agarrándose a los puños y por las mechas y los dos policías del pueblo no se daban abasto. Hasta que un día, en que uno de ellos vino con el parte de una pelea, y don Antonio les dijo:

-Vayan y tráiganme presos a todos los hombres que estén en el botiquín. Las putas no pelean si los hombres no las azuzan.

Y hasta ese día porque tan pronto como una de ellas buscaba pleito, los hombres se iban y  no peleaba nadie”.

Sin duda, Torrealba era un ser excepcional para su época. El periodista Ángel Méndez, en la reseña que hizo de mi intervención en las II Jornadas de Investigación de la Facultad de Humanidades y Educación de la UCV. (Cf. El Universal, 11.10.83), destaca que Torrealba “era un civilizador. En él está implícita la tesis positivista”. Tal vez por influencia de sus lecturas o de Gallegos. “La tesis -agrega Méndez- de la socialdemocracia, la de la democracia cristiana, la tesis de la civilización en procura del bienestar de la humanidad. Pero era rústico, no se puede decir que era un escritor, en el sentido estricto de la palabra, en cambio, tenía ideas que provenían de un saber universal”.

Como indicio funcional, con respecto a otros rasgos de su personalidad, y aun como simple curiosidad, vale la pena recordar los nombres con que identificaba a sus animales. Algunos de esos nombres, insólitos hasta cierto punto, los tomó de la tradición literaria y de lo que podríamos llamar su formación cultural asistemática. Proserpina, La Gioconda, Sandokan, Jorge Abril, Sagitario, Azabache, Vainilla, Jovial y Chichulita, entre otros, son nombres de caballos o yeguas que en sus escritos evoca con verdadera devoción.

En la Historia de Azabache, uno de sus textos en prosa que edité en 1985, Azabache, que es el narrador protagonista, recuerda que “Don Rómulo conoció a mi amiga Chichulita que era ruana frontina y en su novela figura con el nombre de La Catira”. El nombre mismo de Marisela era el de una novilla que -según cuenta Azabache- era una de las “vacas de ordeño predilecta de mi dueño, que le puso el nombre de Marisela en recuerdo de la heroína de los llanos”. “El nombre de dicha novilla -prosigue el narrador- lo personificó (Gallegos) de nuevo en una mujer, la cual no fue una heroína como la que existió y fue dueña del Hato Los Cañitos”. (Cf. Torrealba, 1985).

No menos curiosos resultan los nombres de sus perros: Raffles, Sherlock Holmes, Stalin, Bachiller y Sam Garras, entre otros. A estas peculiaridades se agrega otro hecho importante: solía firmar sus escritos con el seudónimo Agamenón y frecuentemente se desdobla en dos personajes. Uno, Agamenón, a quien a veces identifica como su hermano o como su padre y el otro, él mismo, el renco Antonio José.

Por estas razones puede decirse que al conocimiento de la sabana y al de las costumbres y faenas llaneras, a su voluntad para leer y escribir en un medio frecuentemente hostil, se sumaban una sensibilidad y una intuición especiales que condicionaron su extemporánea razón de ser, proyectándolo al mismo tiempo como un péndulo que va de la realidad a la fantasía, como la vida misma en el llano.

            2.2.- Basándome, en parte, en esta reconstrucción biográfica de Torrealba y, en parte, en el análisis e interpretación de algunas obras y documentos, he formulado la hipótesis de que Torrealba no es, únicamente, el baquiano e informante de quien se recoge una “preciosa documentación”, sino uno de los objetos novelados por Gallegos en Doña Bárbara y, particularmente, en Cantaclaro. En tal sentido, Torrealba es uno de los referentes de ambas novelas en cuanto que uno de los objetos o manifestaciones de la realidad a que remite la forma lingüística. Utilizo el término referente con el sentido de “todo aquello que viene dado por un signo”, es decir, con el valor que tiene dentro de la tradición del llamado triángulo semiótico, según la concepción de autores como Odgen y Richards, Stephen Ullmann y Kurt Baldinger, entre otros, en cuyas doctrinas el signo se concibe como una unidad constituida a base de tres componentes: el referente, el símbolo y el pensamiento. El referente se identifica con la realidad, el objeto o la cosa; el símbolo con el significante o la palabra entendida como la unidad léxica y, finalmente, el pensamiento con el significado, es decir, con el objeto mental o concepto.

Así, el signo se homologa con la imagen de un triángulo, en cuyos vértices se localizan cada uno de los tres constituyentes para, de este modo, definir las relaciones entre uno y otro y representar los hechos de la comunicación. También, teóricamente, se establece que las relaciones entre uno y otro vértice, es decir, entre uno y otro elemento, no son de igual naturaleza. Así, la relación símbolo–objeto es diferente a la relación símbolo–pensamiento y ésta, a su vez, distinta a la relación pensamiento–objeto.

El triángulo, a través de sus relaciones, viene a ser un modelo lingüístico–psicológico que se ubica en el nivel de una primera metalengua, el de la Lingüística como ciencia del lenguaje.

En una hipótesis de esta naturaleza, además del soporte teórico–conceptual del triángulo semiótico, también se hace necesario destacar que la Lingüística contemporánea, sobre todo a partir de los trabajos de Roman Jakobson, sistemáticamente ha llamado la atención sobre el hecho de que no sólo encontramos un empleo metalingüístico en los códigos de fórmulas o en las descripciones lingüísticas. Un modelo de comunicación como el literario, frecuentemente, presenta distintos niveles de metalenguaje. Uno, procede como motivación lingüística y estética de la fuente nutricia: una información oral, un texto escrito, una tradición folklórica, etc. En todo caso, existe un pre-texto, una estructura lingüística precedente que en vínculos como el de Torrealba y Gallegos es parte del referente del discurso literario propiamente dicho. En este nivel se da lo que Harald Weinreich (1981: 110) describe como el fenómeno de “la cotidianidad del metalenguaje”.

Otro nivel, un segundo, es el del texto literario en sí como sistema inmanente capaz de estimular una experiencia estética en quien lo decodifica. Y un tercero, que es el que tiene como referente al texto del segundo nivel: un texto crítico, por ejemplo, que hablando con propiedad se define en función de un meta-metalenguaje.

Así, un capítulo como “La doma” en Doña Bárbara (del metalenguaje del segundo nivel) tuvo, según los manuscritos de Torrealba, su motivación (primer nivel) en la intención de los “rústicos llaneros” de demostrarle al caraqueño como se amansa un potro:

-Entonces, don Rómulo, empezaremos porque usted se fije en el sistema de mando del  servicio de la casa. Por ahorita, vamos para que vea como es que se monta un caballo cerrero en su primera doma.

Antonio José había mandado a sacar un caballo con Rafael Luna y Pajarote, y le había  dicho a Juan María que le ensillara la yegua castaña Gioconda para amadrinar el caballo con Rafael Luna, el cual tenía otro listo para salir a amadrinar el mostrenco que iba a montar Pajarote.

Cuando Don Rómulo llegó acompañado del cojito, estaban empezando a ensillar el  mostrenco. Don Rómulo se iba fijando como los llaneros se iban metiendo y lo iba escribiendo en un pequeño libreto. Los tres llaneros iban poniéndole los aperos a su caballo y lo decían en voz alta, para que Don Rómulo les fuera anotando por su nombre. (“Cuaderno N° 35”, Diario de un llanero).

La diferencia entre un nivel y el otro parece obvia. El novelista, creador absoluto en última instancia, describe y prescribe su morfonovelística siguiendo los parámetros estéticos y actanciales que se ha propuesto. De este modo, mientras en el texto de Torrealba se cuenta que el alazano fue montado ese mismo día, sucesivamente, por Pajarote, Luna y el propio Antonio José, en Doña Bárbara el único jinete posible es Santos Luzardo, porque así lo requieren la historia y el sistema de relaciones intersígnicas:

¡La doma! La prueba máxima de llanería, la demostración de valor y de destreza que aquellos hombres esperaban para acatarlo. Maquinalmente buscó con la mirada a   Carmelito, que estaba de codos sobre la palizada, al extremo opuesto de la corraleja, y con una decisión fulgurante dijo:

-Deje, Venancio. Seré yo quien lo jineteará.

Además, la cayapa hecha por los tres jinetes al alazano fractura el modelo heroico que el novelista intenta diseñar a través de Santos Luzardo. La novela se hace con el segundo nivel de metalenguaje, no necesariamente con el primero. María Nieves, para citar otro ejemplo, no era un peón candelariero y, sin embargo, por voluntad soberana del novelista, del supremo hacedor, aparece en Altamira al lado de Antonio, Pajarote y demás gente luzardera. Gallegos (Cf. 1954), tal vez, sólo supo de María Nieves por lo que de él se contaba:

Allí supe de María Nieves, “cabrestero” del Apure, cuyas turbias aguas pobladas de caimanes carniceros cruzaba a nado, con un chaparro en la diestra y una copla en los labios, por delante de la punta de ganado que hubiera que pasar de una a otra margen.

Quizás esta manera de aprehender las cosas explique esta incongruencia que hay en el capítulo “Coplas y pasajes” de la misma novela. Cuando “las reses van cayendo al río”, con María Nieves adelante, el narrador advierte que “ya los corrales del paso se van vaciando por la manga, y en la margen opuesta del Arauca, en una playa árida y triste, bajo un cielo de pizarra, se eleva el cabildeo plañidero de centenares de reses que serán conducidas camino de Caracas, a través de leguas y leguas de sabanas anegadas”. En la topografía apureña “una playa árida y triste” no es compatible, simultáneamente, con “leguas y leguas de sabanas inundadas”.

También, dentro de los lineamientos de esta hipótesis, hay que señalar que cualquier parte de un discurso literario puede, perfectamente, derivar de un primer nivel metalingüístico no necesariamente oral como el del ejemplo de “La doma”, sino de lo que llamaré el texto-objeto, es decir, de un escrito primitivo que sirve de basamento a un desarrollo posterior de lo propiamente literario. Sobre el particular, Ramón Mota Báez desarrolla un ejercicio retórico que, como técnica y metodología del acto creador, remite al concepto barthesiano de escritura, antepuesto, en cierta forma, al de literatura. Para Roland Barthes (1967: 10), como se recordará, “la escritura es una función. (…) colocada en el centro de la problemática literaria, que sólo comienza con ella, la escritura es por lo tanto esencialmente la moral de la forma, la elección del área social en el seno de la cual el escritor decide situar la naturaleza de su lenguaje”. Así, tomando un texto de Torrealba, publicado por Pedro Elías Hernández (1978), Mota Báez (1979d: 8) hace una descripción de la anécdota “mediante el procedimiento de llevar lo escrito en versos a prosa, utilizando algunos elementos de manera libre, como pudo haberlo hecho Gallegos”.

Los versos de Torrealba son los siguientes:

Pero hacía mucho calor

resolví y me fui al bajío,

llegué a la orilla del río

había ahí nísperos de agua.

 

Ahí recordé a Gregorio

cuando él estaba niño,

el gran susto del caimán

el salvador de él fue un chigo.

 

Todavía existe el árbol

en la misma posición

sesgado hacia el lecho del río

en señal de salvación.

 

Salí hacia Las Mayitas,

yo cabalgaba en la pampa

a lo lejos se veían

bandadas de garzas blancas.

 

Las corocoritas rojas,

las corocoritas blancas,

las corocoritas negras

y las garzas se espantaban.

 

Las cantidades de gabanes

que pasan de cuatro mil,

al conjunto de tantas aves

corresponden colores mil.

Estos versos, mediante el procedimiento ya indicado, que en el fondo implica una proposición estilística en cuanto elección y perfeccionamiento de las palabras del texto-objeto, se convierten en:

Hacía calor y me fui caminando hasta llegar al bajío: en la orilla del río había nísperos de agua. La vista de todo aquello me recordó aquella tarde de mi infancia, cuando Gregorio y      yo pasamos aquel terrible susto mientras nadábamos y se nos acercó un cocodrilo. (…) Allí estaba el árbol en la misma posición, sesgado hacia el lecho del río con las ramas abiertas y extendidas hacia el cielo en señal de salvación. Después de bañarme en el agua fresca salí a Las Mayitas cabalgando la pampa. A lo lejos se veían bandadas de garzas blancas, corocoritas rojas, corocoritas blancas, corocoritas negras y gran cantidad de gabanes, casi más de cuatro mil. Era tal el conjunto de aves que multitud de colores se podían percibir: el patito tronador y el patito azulejo, el patito tapondo, el patito bermejo; había patos grandes que son igual al pato real y llaman forocoteros (…) y en la contemplación del centellante cromatismo me iba regocijando, pensando en todas esas aves que eran mis  paisanas y hacía mucho tiempo que no veía.

No siempre la literatura, o quizás el acto creador, deriva de una existencia autónoma, sino de la interacción que establece con la escritura. “Lo literario de la literatura -sostiene Hans Robert Jauss (1976: 150)- viene condicionado no sólo sincrónicamente por la oposición entre lenguaje poético y lenguaje práctico, sino también diacrónicamente por la oposición a lo previamente existente del género y a la forma precedente en la sucesión literaria”. En este caso, creo que la forma precedente fue, además de una información oral, un escrito, “rústico con alfabeto rudimentario”, que, adecuadamente, procesado, sirvió de fundamento al objeto estético-literario. Hay, de este modo, un primer nivel metalingüístico representado por la información oral y escrita. Primitivo y rudimentario, pero con la conciencia estética que da la intuición. No por ser rústico, el arte pierde su esencia y originalidad. Es Torrealba quien cuenta a Gallegos leyendas llaneras, quien le hace demostraciones como la ya indicada de la doma, quien le habla de las supersticiones del hombre del llano, de sus mitos y creencias en muertos y aparecidos, quien lo lleva a conocer un tremedal, quien le presenta y describe psicológicamente a los llaneros, quien le habla de su hermano Evaristo, de sí mismo, de los indios, de la región del Cunaviche y también ¿por qué no? quien le da algunos escritos con cuentos, tradiciones, corríos, coplas y, en fin, apuntes y observaciones sobre la vida llanera. Esto, el mismo Torrealba lo dice con estas palabras:

Don Rómulo le dijo a Antonio José lo que Toledo le había dicho con respecto al manuscrito o diario que llevaba su padre Agamenón:

-Sí, es cierto, don Rómulo, lo que José de la Cruz le ha dicho a usted. Agamenón, desde muy pequeño, se dio a la tarea de escribir su vida y todo el llano en el que nació y conoció;    él hizo ese trabajo y me encargó lo diera a una persona que quisiera escribir lo que fue el verdadero llano.

…        …        …

Procuraré sacar ese diario (…) tan pronto lo saque, será para Ud., pero por los momentos le daré lo que pueda darle, sólo quiero me dé su dirección en la Capital.

…        …        …

-Aquí tiene mi dirección en Caracas, de Balconcito a Cuartel Viejo N° 6. Allí puede dirigir su correspondencia.

…        …        …

Con demasiado gusto, don Rómulo, con esa dirección le mandaré todo lo que pueda  mandarle; desde ahora le anticipo que perdone la mala letra, procure adivinar lo que le  escriba, no he tenido escuela, mucho menos colegio; pero créame sinceramente, que lo que hago es de buena voluntad. (“Cuaderno N° 36”, Diario de un llanero).

Y el narrador, como si estuviera consciente de que la escritura como sistema es una especie de memoria externa, detalla:

Dos días después  se marcharon los caraqueños de los llanos, un mes más tarde, recibió don Manuel Sánchez una revista de Élite, con distintas fotografías sacadas dondequiera, en    especial en el charco donde habían matado los caimanes del Caño Manglarito. (…) Antonio José tuvo buen cuidado de enviarle al maestro Gallegos un buen legajo de papeles escritos, con lo mejor que él supo escoger de las costumbres del llano y algunas poesías rústicas de la sabana bravía. Un mes más tarde recibió un telegrama, donde don Rómulo le acusaba recibo de haber recibido su envío. Después, más tarde, recibió su libro con el título de Doña Bárbara, con una dedicatoria… (“Cuaderno N° 36”, Diario de un llanero).

Entre estas notas, seguramente cuasi analfabetas, germinó la imaginación en búsqueda de lo literario que, en este caso, es un segundo nivel de metalenguaje. La madurez, la conciencia estética y el dominio de la lengua “harían el resto” en el preciso instante en que Gallegos -según José Ramón Medina (1966: 54)- “está en la edad más jugosa para la creación, cuando el espíritu y el talento se han nutrido de los mejores zumos humanos y literarios y el instrumento de la palabra es apto para llevar a culminación feliz, en su mejor estilo, la tarea de la comunicación, principal destino de todo escritor”. De esta forma, mediante la reconstrucción de historias y la recreación de ambientes y situaciones, Gallegos se reveló como un artífice del lenguaje. La palabra del discurso galleguiano, además, tiene poder encantatorio. Con Doña Bárbara y Cantaclaro, el uso literario del lenguaje alcanza un clímax poético y una dimensión estética sin precedentes dentro del ciclo de la novelística que Gallegos representa.

Entonces, en base de estos razonamientos y de los testimonios citados, y a manera de conclusión adelantada, puede decirse que una relación como la de Torrealba y Gallegos es la expresión de una realidad conjunta en cuanto que -como proponen Bense y Walther (1975)- “designa el modo de ser de una realidad referida a otra, que tiene a otra como condición previa, como portadora”. Así mismo, podría pensarse que esta relación plantea -como ya lo he afirmado (Cfr. Torrealba, 1985: IX)- “la supremacía de un Gallegos forjador de códigos, sobre un Gallegos fabulador”. A propósito de este último señalamiento, además, he insistido en que “la literatura no es exclusivamente demoníaca. También se da como actividad volitiva, consciente, y como ejercicio retórico que trasciende la limitaciones de la imaginación”.

Así, desde esta perspectiva, a través de una información oral y escrita, a través de su presencia y proyección en historias y personajes, Antonio José Torrealba es uno de los objetos novelados por Gallegos. En Doña Bárbara y en Cantaclaro, el discurso galleguiano formula algunos planteamientos estéticos basados en ese referente específico. Este discurso, a veces descriptivo, esencialmente realista, y con una fuerte inyección de prédica ideológica en su contenido, nos recrea no sólo algunas historias vividas o conocidas por Torrealba, sino un complejo mundo psicológico en el que Torrealba se reparte en varios personajes.

            2.3.- A fin de demostrar la hipótesis, quiero precisar algunas de las coincidencias que hay entre hechos o rasgos sémicos del referente y hechos novelados por Gallegos, es decir, pretendo reconocer en Doña Bárbara y en Cantaclaro algunos de los enunciados que están ligados a la presencia del referente. De modo expreso, obvio las referencias a la fauna y a la flora porque estos conocimientos pudieron adquirirse por otras vertientes distintas a Torrealba y, del mismo modo, conviene señalar que el referente no debe ser confundido con el significado.

En Doña Bárbara, en el capítulo “Los amansadores”, Carmelito, una vez que ha visto como La Catira coge el paso llevada por Marisela, y una vez que el peón observa como Marisela va cogiendo el paso llevada por Santos Luzardo, sale de su habitual mutismo y con franqueza responde al requerimiento del dueño de Altamira diciéndole:

-Yo no nací peón, doctor Luzardo. Mi familia era una de las mejores del pueblo de Achaguas, y en San Fernando y en Caracas mismo tengo muchos parientes -y citó varios, gente de calidad, en efecto-. Mi padre, sin ser rico, tenía de qué vivir. El hato del Ave María era suyo, un día -tendría yo quince años, cuando más- asaltaron el hato una pandilla de cuatreros, de las muchas que, por entradas y salidas de aguas, andaban por todo este llano,   arrasando con lo ajeno. Venían buscando caballos; pero mi viejo los divisó a tiempo y me dijo: “Carmelito. Hay que sacar de carrera esos cuarenta mostrencos que están en la  corraleja y esconderlos en el monte. Llévese los peones que están por ahí y no regresen hasta que no les mande aviso”. Sacamos las bestias, después de haberles amarrado a las colas unas ramas, para que ellas mismas fueran borrando sus huellas, y nos internamos en el monte, tres peones y yo. Pastoreando el bestiaje durante el día y velando en la noche,  con el agua a la coraza de la silla, muchas veces -porque aquel año fue bravo el invierno y casi todos los montes estaban anegados- estuvimos durante más de una semana pasando  hambre.

El peón cuenta su historia. Una historia que, en su primera parte, coincide con la de Torrealba. Semánticamente, el enunciado se ha cargado con un rasgo sémico del objeto que se novela. El ejemplo sirve, al mismo tiempo, para ilustrar otra incongruencia: el narrador destaca que los peones borraron las huellas con unas ramas atadas a las colas de los caballos, sin darse cuenta de que luego afirma que pastoreaban y velaban con el agua a la coraza de la silla. No había huellas que borrar porque “casi todos los montes” estaban inundados. Un equívoco de esta índole, si bien no demerita el discurso novelesco en su orquestación y estructura, produce cierta distonía en la relación naturaleza-verdad que es el fundamento estético del texto.

Sin embargo, en Doña Bárbara, en donde se presenta la mayor coincidencia es en los nombres de los personajes: Antonio Torrealba es Antonio Sandoval; don Evaristo Luzardo toma su nombre de Evaristo Torrealba, el hermano alcohólico de Antonio José que en la novela y en la vida real no deja de parecerse a Lorenzo Barquero y, si nos atenemos a los testimonios y documentos, los nombres de Doña Bárbara y Santos proceden también de Torrealba. En efecto, doña Josefa Vinicia tenía dos hermanas: Sebastiana y Bárbara. Esta última tuvo un hijo llamado Santos y, al parecer, su marido tenía el mismo nombre del hijo. Sin embargo, esto último no lo he podido corroborar con una prueba documental.

Por lo que respecta al nombre de Marisela, ya se ha dicho que Gallegos lo tomó de una de las vacas de ordeño de Torrealba, aunque no debe olvidarse que Marisela es también el nombre de un joropo y de una forma primitiva de un teatro folclórico que se representa en los velorios de santos y de cruz. Sin embargo, en sus escritos, Torrealba tiene su propia versión, la cual, en honor a la verdad, parece tener más de imaginación que de realidad. Según esta versión, existió una mujer, amiga entrañable de Agamenón, llamada Marisela Hortelano y Barquero que “fue dueña del hato de Los Cañitos” y era hija de una india y de un padre alcohólico que la abandonaron. Los Cañitos, como se sabe, es Altamira, el hato de los Luzardo. En el Diario, Torrealba cuenta varias de las hazañas de este personaje y en uno de los Libretones incluye un contrapunteo en el que ella compite con Agamenón y Santos Araca, el primo de Torrealba. De este contrapunteo son las estrofas que siguen:

Soy Marisela del Carmen

Hortelano es mi apellido,

nombre tan raro como éste

en el llano no lo ha habido.

 

Tiene cabellera rubia

semeja el oro brillante,

la flor del araguaney

cual un precioso diamante.

 

Yo sé domar los caballos

y correr en la pradera,

venzo los toros bravíos

con prontitud de llanera.

…        …

No cantemos más amores

mi querido payador

cantémosle a Santos Araca

quien es otro payador.

 

Oye, primo hermano Santos,

lo que dice Marisela

que te desafió a cantar

siendo un maestro de escuela.

 

Me congratulo contigo

buen amigo, Santos Araca

arrímese al diapasón

cantemos la guacharaca.

…        …

También en el Diario, Torrealba presenta una relación bastante completa de otros personajes de Doña Bárbara. Pajarote -dice- era Pablo Mirabal, uno de los compañeros de trabajo en La Candelaria que en una época había sido militar. Carmelito, a quien Gallegos le carga parte de la historia de Torrealba, era Rafael Anselmo Luna. Melquíades, el Brujeador, era Juan Ignacio Fuenmayor. Melesio, el padre de Antonio Sandoval es don Brígido Reyes “un anciano de piel cuarteada, pero con la cabeza todavía negra” a quien Manuel Díaz Rodríguez, en uno de sus “Apuntes de viaje” describe como “un anciano, cenceño de pies descalzos”. (Cf. 1935: 400). Curiosamente, en Doña Bárbara, el viejo Melesio, padre de Antonio, es el renco y no éste último. Este hecho es una prueba más del carácter catalítico del referente. Lo que podría calificarse como la equivalencia de los personajes alcanza tal deseo de precisión en Torrealba, que éste confiesa que ni él ni sus amigos candelarieros pudieron identificar quienes eran Juan Primito, Mujiquita “y la pandilla de bandidos que se encontró Doña Bárbara en su juventud”. Por Gallegos mismo (1954), sabemos que estos signos no fueron tomados del medio apureño.

Pero la identificación hecha por Torrealba no se limita a los personajes. También comprende hechos y situaciones como “Las mudanzas de Doña Bárbara”, el rodeo, los bailes y festejos, los cuentos de muertos y aparecidos, el tremedal, la muerte del tuerto del Bramador, etc. Con razón, el profesor Englekirk afirma que su “regocijo y su orgullo, acentuados con los años, consisten ahora en evocar todos sus momentos con don Rómulo, en identificar cualquiera de las escenas que Gallegos roza apenas en la novela”.

En Cantaclaro, para seguir con la demostración de la hipótesis, en el capítulo “Un zarpazo de Buitrago”, hay una nueva recreación del referente. En esa sección del texto, el narrador, siempre omnisciente y en tercera persona, habla de una situación en la que el Jefe Civil de la localidad propone a José Luis Coronado que le venda El Aposento:

-Mire, don José Luis -le había dicho hacía algún tiempo- véndame El Aposento, pero  véndamelo barato.

-Pero, Coronel -hubo de replicarle aquél-, si ni barato ni caro quiero yo venderlo. Además, no soy único dueño y necesitaría el consentimiento de mi madre y de mi hermano, quienes tampoco están dispuestos a desprenderse del hato a ningún precio.

-¡Ah, caramba, don José Luis! ¿No ha oído decir que cuando a uno le proponen comprarle algo debe venderlo incontinenti, pues si no después tendrá que arrepentirse?

Después, en este mismo capítulo, José Luis recuerda a su hermano la necesidad de pagar a tiempo la hipoteca que pesa sobre el hato y, así mismo, le asoma la posibilidad de que éste caiga en poder de Buitrago, ya que dicho personaje “supo que los Coronado habían hipotecado el hato y desplegando todo lo tortuoso de sus habilidades logró que el acreedor hipotecario se allanase a venderle su acción”.

Si recordamos lo que dije con respecto a la posesión heredada por Torrealba y al destino de la misma, es fácil adivinar la figura de Pérez Soto tras la de Buitrago y la de Esteban Vivas tras la del intermediario; desde luego, todos modelados artísticamente como planteamiento ideológico y como denuncia, en función de un contexto sociológico, económico y político. Así, a nivel de la relación lengua-objeto o de un primer nivel de metalenguaje, Torrealba cuenta su drama personal a Gallegos y, en otro plano de metalenguaje, éste lo recrea en el drama de José Luis Coronado hablando con Florentino:

-No se aflija, hermano -interrumpió Florentino-. Ya saldremos de abajo otra vez. Ahora seremos dos para meterle el pecho al trabajo. ¡Y con las ganas que yo tengo de pegarme a la brega…!

-Pero es que hay algo más, hermano -replicó José Luis, pesaroso de tener que destruir aquel entusiasmo explosivo-. Hace dos días que he sabido que la hipoteca que pesa sobre El    Aposento la va a tomar en traspaso el coronel Buitrago.

De Cantaclaro también son los dos ejemplos que siguen. El primero es del capítulo “Al abrigo de las matas”. En éste, Florentino, en diálogo con el baquiano del Caraqueño, oye hablar de un viajero que junto con su familia llegó a pernoctar a orillas del Cunaviche y, finalmente, ante la presencia de un ser de ultratumba que no los deja dormir, abandona aquel extraño paraje en horas de la madrugada. En la novela, el personajes es don Manuel Mirabal (que en algunas ediciones aparece como Miravel). En la vida real, es decir, a nivel del referente, es Manuel Mirabal Ponce, un llanero amigo de Gallegos y de Torrealba. Él y don Rómulo fueron quienes atendieron a Torrealba cuando éste vino en 1930 a conocer la capital de la república. De esta visita, hay una amplia relación en el Diario. En ella, Torrealba destaca el recorrido que hizo por distintos sitios históricos de Caracas, acompañado por sus dos viejos amigos.

Mirabal Ponce es el mismo que en Fantoches, el 26 de noviembre de 1925, dos años antes del viaje de Gallegos a La Candelaria, publicó un artículo titulado “Florentino y el Diablo”. En él, narra la historia de Florentino y, además, incluye algunos de los versos que éste canto en su legendario encuentro con el Diablo:

Llaneros del alto llano

llaneros del llano abajo,

ahora mirarán hermanos

al diablo pasá trabajo,

válgame la Virgen Pura

Santísima Trinidad

El Santo Niño de Atocha

San Pedro de Bogotá…

En su artículo, Mirabal Ponce presenta un Florentino “galanteador como ninguno”, que “tenía fama de afortunado entre las hembras que siempre se disputaban las glorias de tejer los cordones de sus barboquejos”. Y, además de recoger varias de las estrofas que la tradición oral mantenía vivas como ejemplo patente de la creación folclórica, Mirabal Ponce precisa cómo sucumbió Florentino, dejando “como único rastro un montón de cenizas” y la gloria de ser el mejor coplero de todos los tiempos:

…Naturalmente que semejante victoria hizo crecer en mucho la fama de Florentino, mas no gozó de ella mucho tiempo porque en el verano siguiente un enorme cometa apareció en el horizonte, y aunque Braca, el llanero de más experiencia en todos aquellos contornos, aseguró que se trataba de uno de los Reyes Magos a quienes Dios enviaba algunas veces en esa forma para que se impusieran de lo que pasaba en la Tierra, se comprobó luego que no era así, cuando un día, el mismo en que desapareció el cometa en dirección de Cunaviche, se vio una gran candelada por la noche hacia el rancho de Florentino, y sólo se encontró de éste al día siguiente, como único rastro, un montón de cenizas donde estaba la casa y en el banco cercano a ella unos huesos calcinados, acaso los del zaino vainilla que dormía acomodado a una macolla de vetiver.

El relato plantea la venganza del Diablo. Este Florentino, al igual que el de Gallegos, se pierde como consecuencia de su victoria que es la del Bien sobre las fuerzas del Mal. La coincidencia entre ambos personajes, en el plano psicológico y en el de las relaciones intersígnicas, de nuevo, parece obvia y todo hace suponer que Gallegos conoció también este texto de Mirabal Ponce y, quizás, una versión primitiva del poema en la que, a pesar de las simpatías que inspira Florentino, se erige un Diablo triunfante:

Señores traigo noticias

para llevarlas al Frío

y a todos les pido albricias

que ya Florentino es mío.

El segundo de los dos ejemplos de Cantaclaro se relaciona con el uso de los topónimos. En el capítulo “Las humaredas” hay un diálogo en el que se enumeran los nombres de algunos sitios:

-Y se prendió la sabana -intervino el peón malicioso.

-¡Tú lo has dicho, zambo! Las chispas que cayeron hacia el naciente fueron las que abrieron el fuego en las sabanas de Arauquita, Las Mocitas, Araguaquén, Borjas y Buscarruido. Y   fíjense que estoy nombrando sitios que no me dejarán mentir.

-¿Y las que cayeron hacia el poniente, qué estragos hicieron?

-Esas abrieron el potrero de Santa Rita de Urtaleño. Santa Rita Torrealbera, Las Topias, Burrón, Santa Rufina. El Milagro, Palambra, San Rafael de Cunavichito…

Varios de estos topónimos son nombres de hatos de la región de Cunaviche y Capanaparo donde trabajó Torrealba. Algunos como Burrón y Las Topias, son en verdad Burón y Las Tapias y posiblemente el cambio se deba a un error de imprenta y no a una verdadera intención de cambiarlos. Otros son designaciones de sitios que se encuentran en la sabana que fue de Torrealba y se documentan en los papeles de propiedad y venta de la misma:

…los derechos de terrenos que poseemos en la posesión proindivisa denominada Las Tapias, cita en jurisdicción del Municipio Cunaviche, bajo los linderos siguientes: Norte, Río Cunaviche; Sur, terrenos del Milagro, separado por el río Clarito; Naciente, terrenos de Merecurote y Poniente, terrenos de Carretero y Burón…

De nuevo, se palpa la presencia del referente. Una toponimia baquiana y auténtica como la de Gallegos en ambas novelas, no se internaliza tan fácilmente por quien la visita sólo una vez. Sobre todo si se piensa que con la frase “Y fíjense que estoy nombrando sitios que no me dejarán mentir”, el discurso reitera su carácter realista y el emisor sintetiza su Poética. Gallegos, sin duda, asimiló de Torrealba o de sus escritos gran parte de esta información. A ello se suma -como señala Manuel Bermúdez (1984) el hecho de que a él se le atribuye “la facultad extraordinaria de internalizar paisajes y lenguajes con la misma rapidez y fidelidad de una cámara cinematográfica”.

De este mismo tipo, podríamos citar varios ejemplos más y cotejarlos no sólo con los datos biográficos de Torrealba o con un arqueo de fuentes de ambas novelas, sino con los testimonios que él mismo da en sus manuscritos.

            2.4.- Si retomamos la hipótesis, podemos concluir precisando que tanto en Doña Bárbara como en Cantaclaro, la presencia de Antonio José Torrealba de manifiesta en distintos niveles metalingüísticos a través de las distintas historias, de los personajes, de los elementos folclóricos y, en fin, a través de una serie de factores que -siguiendo a Gaetano Berruto (1979: 76)- “podríamos llamar semiológicos, en la medida en que se refieren a la naturaleza del significante y que inciden sobre el significado”. Parte de Cantaclaro, por ejemplo, pudo perfectamente haberse consolidado en la imaginación de su autor, con las conversaciones que tuvo con Torrealba en 1930. En 1931 Gallegos se va al exterior y en 1934 aparece la novela. El llano como objeto novelado por Gallegos es la metáfora de Antonio José Torrealba. Gallegos lo aprehende y hace de él, en distinto plano metalingüístico, lo que Mariano Picón Salas definió como “metáfora y símbolo de la tierra y de la estirpe”. Esa aprehensión, fundida en simbiosis de armonía con su morfonovelística y su estilo de escritor retórico y nacionalista, inmortalizaría a Gallegos.

Esta proposición, en modo alguno, menoscaba la creatividad  y el ingenio de Gallegos, quien -como ha dicho el mismo Bermúdez (1984)- “no queda descalificado como pretendió hacerlo el colombiano Jorge Áñez, en un libro de triste recordación”. Pero sí debe permitir, como mínimo, formular tres ideas en torno a la novelística galleguiana. La primera es sólo una reafirmación del soporte estético de su creación: el realismo, la identidad del contenido con las diferentes realidades geográfica, sociológica, política, topográfica, etc.

La segunda propone reconocer la presencia de Antonia José Torrealba como informante y como referente de las novelas galleguianas ambientadas en el llano apureño. “Gallegos y Torrealba -según escribe Mota Báez (1979d: 5)- se tendieron una mano que quedará en los siglos sucesivos imperecederamente unida a través de obras resultantes de la amistad honesta y sincera entre el intelectual provinciano y el intelectual capitalino, entre la barbarie y la civilización”.

La tercera, en tanto, subraya la necesidad de acercarse a la obra de Gallegos con una óptica distinta a la tradicional. Es erróneo pensar que sólo a base de la verosimilitud aristotélica se reconoce el hecho estético. Literatura y realidad o literatura y verdad no son los únicos criterios para valorar el objeto estético. La obra literaria también es un sistema de signos, verbales y no verbales, cuyo propósito es la trasmisión de un mensaje que, por definición, es virtual y polisémico. Este sistema de signos se describe en tres niveles: pragmático, sintáctico y semántico. La relación Torrealba-Gallegos plantea, en lo esencial, un aspecto pragmático del análisis crítico valorativo de uno o dos discursos novelescos. En forma alguna, el problema del referente debe ubicarse dentro de una consideración semántica del discurso. Si se concibe como pragmática, esta relación enriquece el texto al situar el referente dentro del área signo-usuarios y permite, con ello, que la relación signo-significado tenga carácter inmanente o, en todo caso, derivada del vínculo que se establece entre el mensaje y el receptor. Este tipo de lectura, semiológica por excelencia, estaría más cercana al concepto de literariedad y permitiría deslindar lo propiamente semántico y estético de lo ideológico o de otros factores que condicionan la recepción del mensaje. En todo caso, facilita una lectura no alienada que -tal como propone David Maldavsky (1974: 43)- ofrecería “la posibilidad de un cierto grado de libertad creadora en la interpretación del texto. La búsqueda de la inoculación de una ideología se realiza de un modo connotativo, y todos los posibles efectos que se intenten producir quedan subordinados al de promover la experiencia de interpretar un hecho estético”. A mi juicio, en muchos casos, la alienación del mensaje de Gallegos, a través de lo ideológico, no ha permitido apreciar el hecho esencialmente semántico o, al menos, lo ha restringido.

1927 es sólo el inicio de la consagración de Gallegos y el año del “milagro literario”, pero, además, fue el año del nacimiento de dos narradores hermanados por un juego dialéctico que a la par que los unía, cada vez los distanciaba más. Uno, culto y racionalista; el otro, silvestre pero demoníaco. Por antítesis nació la amistad y el vínculo literario que los uniría para siempre. Testimonio de ese nexo inquebrantable fue el encuentro de ambos amigos, en Apure, cuando ya uno de los dos era el Presidente de la República. De allí, el otro saldría de Prefecto para su pueblo. Para la Historia, quedó una foto en la que -como destaca Luis Alberto Crespo (1984)- “se ve su cuerpo grande, arriba, en su mulón mosquiao, enfundando sus alpargatas en los estribos de pala, mientras miraba el hombre grave que le sonreía en el Aeropuerto de San Fernando como recordando aquella peregrinación a la polvareda del Arauca”.

Testimonio también de esta relación, es el deseo, el anhelo, de que su amigo, el Presidente, lo ayudara a recuperar las tierras que había perdido en 1922. Su propósito, y así lo expone en los versos que dedica a la Laguna de Santa Rita era simple, civilizar a su gente:

Dicen que todas las cosas

volverán a su lugar,

esto lo dijo Gallegos

cuando él iba a empezar.

 

Neptuno quiera entonces

que el Presidente Gallegos

nos ayude con cariño

a volver lo que antes éramos.

…        …

Si don Rómulo me ayuda

yo le exijo un internado

para ilustrar a los indios

dejarlos bien educados.

 

Para que sean gran señores,

personas de Venezuela

y le hagan ver a sus padres

que no son lo que antes eran.

 

Enseñarles artes y oficios

y a ser buen ciudadano

y a dejar la poligamia

de casar con tres hermanas.

…        …

La misma idea  lo animaba en la carta que el 15 de octubre de 1948 escribe a su amigo Vicente Gamboa Marcano. Desde Cunaviche, después de saludarlo “en unión a la prole” y a pedirle que le salude a “Don Rómulo, Valmore Rodríguez, Guido Grosco (sic), etc.”, Torrealba dice:

Hace un mes le escribí a Don Rómulo exigiéndole una ayuda para dar un almuerzo a los  niños escolares, ya que muchos de ellos no asisten sino una sola vez a la escuela por falta        de alimentación, y el verano cuando fui le hablé de esto y me quedó en que sí me ayudaría con el almuerzo escolar, pero serán tantas sus ocupaciones que no se ha acordado más de esto.

A lo que, en la misma carta, de inmediato agrega:

Ahora, yo también le exigí una ayuda a la Junta de Fomento que es la que da más largo el  crédito para que de acuerdo con Juan Salerno, ver si podíamos comprar el fundo de los terrenos que eran de mi propiedad, que es el punto mejor de esta comarca; pues tienen dos grandes lagunas donde se puede pescar todo el verano, y también se puede montar una maquinaria para hacer casabe fino, y otras cosas que se podrían ir haciendo poco a poco.

Este proyecto fue del conocimiento de Gallegos quien días después fue derrocado. A poco menos de un año después de escribir esta carta ya con Gallegos en el exilio, Torrealba, cual personaje de Berceo, finó en paz. Era el 14 de julio de 1949 y no el 14 de junio de 1948, como erróneamente se ha escrito. (Cfr. Subero, 1979 y Botello, 1979). En su Acta de defunción -la N° 121 del 15 de julio de ese año- se asienta que la “causa principal de la muerte según calificación médica fue comprendida bajo el N° 61 de la nomenclatura nosológica (Diábetes congénita)”. La participación ante las autoridades respectivas la hizo su sobrino Gregorio Jiménez, a cuya casa había llegado Torrealba dos días antes. “Llegó y me dijo: –Vengo muy mal. Acomódame cama que vine  a morirme a tu casa. Estoy al borde del coma”. Entonces -sigue recordando Gregorio- mandé a llamar a Mercedes y yo mismo fui por el doctor Edgar Domínguez para que lo viera, pero ya no había remedio. Después supe que se había pasado tres días en el monte comiendo miel de arica. Creo que eso lo mató”.

Seis meses después, en diciembre del 49, el profesor Rosenblat llegaría a Cunaviche en compañía de Ricardo Mendoza y a ellos, el mismo Gregorio les entregaría los manuscritos.

            3.- Desde entonces, 1949, los manuscritos del Diario se conservaron en el Instituto de Filología, progresivamente olvidados, hasta que la sucesora del profesor Rosenblat en la dirección de ese organismo, la profesora María Teresa Rojas, me encomendó que los estudiara. “Los cuadernos de Torrealba -dice Manuel Bermúdez (1984)- titulados con el nombre genérico de Diario de un llanero, permanecieron arrinconados durante muchos años en el Instituto de Filología “Andrés Bello” de la Universidad Central de Venezuela; y antes de ser devorados por las fauces del Aseo Urbano, gracias a la intuición crítica de la profesora María Teresa Rojas, directora del Instituto, pasaron a mano y vista de Colmenares del Valle, quien, calibrando y valorando el lenguaje y escritura de Torrealba, logró establecer una pragmática de trabajo que va a concluir con la publicación de la obra, junto con un estudio crítico, donde demostrará la validez del discurso novelesco de Torrealba, así como también el hecho de que la información oral y escrita que le suministró Torrealba a Gallegos es el verdadero referente lingüístico y novelesco de las obras Doña Bárbara y Cantaclaro”.

Los tres Libretones, en cambio, los conservó el profesor Mendoza hasta 1984, año en que decidió entregármelos. Muchas de sus páginas fueron destrozadas por las polillas, sin embargo una buena parte se salvó y con ella preparé un libro que -siguiendo la idea de Torrealba- editaré con el título de Versos rústicos.

Del mismo modo, con los originales de los Cuadernos del Diario (del N° 10 al N° 40), con las partes reelaboradas del Cuaderno N° 41 y con tres textos más que incluí como Epílogo, armé la estructura definitiva de la obra. El texto “Añoranzas de mi tierra”, que es uno de los tres del Epílogo, lo tomé de los Libretones y los dos relatos son reelaboraciones de otros Cuadernos cuyos originales también se perdieron. A diferencia de la opinión del profesor Ángel Rosenblat y por respeto al albedrío de cada creador y, también, por considerar que la creatividad existe como manifestación primitiva, no hice cambios ni modificaciones en los textos originales, exceptuando algunas correcciones en la ortografía y en la escritura propiamente dicha, pues las creí necesarias para facilitar la recepción del discurso de Torrealba y, sobre todo, para unificar las inconsistencias de representación derivadas del hecho de que este discurso narrativo fue dictado a varios amanuenses y del mismo tal vez se hicieron varias copias. Para la edición escribí, además, algunas notas que junto con las del autor van al final de cada libro y preparé el vocabulario que se inserta en el último volumen con el propósito de facilitar la comprensión del texto. Los Cuadernos restantes (del N° 1 al N° 9), quizás, estén definitivamente perdidos. Sin embargo, a pesar de esta mutilación, por su estructura, el Diario trasmite en retrospección lineal o en yuxtaposición la imagen global de unos acontecimientos fragmentados, en los que subyace una relación de semejanza entre la historia del personaje narrador y la del autor.

3.1.- Entonces, en principio, el Diario de un llanero es expresión de un modelo de escritura que -siguiendo el criterio de José Romera Castillo (1981: 13)- podríamos catalogar como intimista en cuanto que se “caracteriza, ante todo, por ser una literatura referencial, del yo existencial, asumido, con mayor o menor nitidez, por el autor de la escritura”. A su vez, dentro de las distintas modalidades de la literatura intimista, antes que una autobiografía o un diario propiamente dichos, el Diario de un llanero es un relato autobiográfico de ficción, sobre todo por las relaciones de semejanza, más que de identidad, existentes “entre la historia vivida por el personaje de la escritura y la del autor que la escribe”. La naturaleza de estas relaciones permite, por una parte, que el lector asuma que el personaje de ficción se considere como paralelo al autor y, por otra, que a través de ese mismo personaje, el escritor plasme sus experiencias y algunos de los hechos e informaciones procedentes de su mundo geográfico y cultural.

Pero, además, el Diario de un llanero es expresión de una configuración narrativa episódica contaminada, en cierta forma, de épica, de crónica, de leyenda, de historia regional y hasta del sentido de una estructura novelesca abierta, en proceso, que -tal como dice Mariano Baquero Goyanes (1970: 30) al referirse a este tipo de composición narrativa- “se organiza en cierto modo sobre una misma motivación: la del viaje, la del ir y venir de un personaje o personajes que, según van haciendo su camino, van entrando en contacto con nuevas gentes, con nuevas posibilidades novelescas, con seres que suponen otras tantas historias; bien porque las contengan sus respectivas peripecias vitales, bien simplemente porque sean capaces de contar cuentos o de poseer manuscritos que los contienen”.

De este modo, el orden de los acontecimientos de la historia se vincula a un tiempo y a un espacio que siempre están en función de la trayectoria vital del narrador–personaje, es decir, de Antonio José o de quien, en determinado momento, ejerza tal función. Por esta razón, frente a los acontecimientos, el narrador suele ubicarse en distintas actitudes (identificación, distanciamiento, descripción, presentación, valoración, etc.) que nos hacen pensar en la búsqueda de un ángulo visual desde donde éstos sean semánticamente representativos del yo, de su espacio y de su tiempo. En caso de que tales acontecimientos no fueran pertinentes para enfatizar la presencia del yo, simplemente se obvian o no se reiteran como sucede con aquellos que sí lo son.

Funcionalmente, esta posición del narrador le asigna al Diario de un llanero las características propias de un discurso singulativo, iterativo y reiterativo. Según María del Carmen Bobes Naves (1985: 334), el discurso singulativo “cuenta una vez lo que ha ocurrido una vez”, el iterativo “cuenta una vez lo que en la historia se repite y el discurso reiterativo cuenta varias veces lo que en la historia ha ocurrido una sola vez”.  Esto, por lo demás, está en relación directa con las actitudes lingüísticas del llanero, algunos de cuyos rasgos Torrealba intenta representar. De acuerdo con la misma fuente anteriormente citada, “tanto el discurso iterativo como el reiterativo implican una voluntad de estilo y una intención sémica clara, pues manipulan la materia del relato para presentarla en una forma diferente a como es en realidad, estableciendo relaciones de jerarquización semántica entre las partes del texto y la materia narrativa”.

En la escritura de Torrealba, a pesar de su primitivismo, la voluntad de estilo y la intención sémica se conjugan con ciertas peculiaridades morfosintácticas, con la diferenciación léxica regional y con un tono de permanente oralidad para instrumentar un código, estético desde luego, que alcanza la unidad de efecto a que se refería Poe y, conjuntamente, aún con sus imperfecciones estilísticas, presenta un universo narrativo en donde casi -como dice Luis Alberto Crespo (1984)- puede “oírse el resuello de la bestia crispada por el freno, el gemido múltiple de las reses, el pito del gavilán, la grita de los vaqueros, el estruendo del chubasco, la candela del mediodía, las voces del canto, el avatar existencial y soñador, la desdicha y la bienaventuranza”.

3.2.- El Diario de un llanero es, en síntesis, una proposición que simboliza la búsqueda del perfeccionamiento humano. No se trata, solamente, de contar historias o de modular un uso verbal. Se trata también de expresar el descontento del hombre con su realidad y de clamar por un modelo humano, el llanero auténtico, que ahora sólo existe como un recuerdo. Por ello, hoy más que nunca, frente al olvido de nuestras huellas primitivas y de nuestra presencia en la Historia como signos homólogos de libertad y de identidad, Torrealba, en verdad, inquieta y alarma. Su voz, puntera en la soledad, marca el rumbo baquiano de la insatisfacción de sí mismo; del ejercicio poético como acto que impide el marasmo espiritual aún en un medio como el Llano, en donde -como dijo Rosenblat- “un universitario se olvida pronto hasta de las primeras letras”; del desarrollo de un modo propio de expresión y, en fin, de la creencia en que el hombre puede mejorarse a sí mismo y, en consecuencia, mejorar al mundo.

Personalmente, tengo la convicción de que Torrealba intuía que todo escritor genuino es, por naturaleza, un descontento y, por lo tanto, a pesar de su arte rudo y primitivo, sabía por qué y para qué se escribe. Él y sus escritos son la voz y conciencia de un pueblo que aún sufre y espera.

 

B I B L I O G R A F Í A     C I T A D A

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