LA LLORONA- SEGUNDO DIÁLOGO (Parte Final)

También en el período prehispánico, a la Llorona se le equipara con las diosas Tenpecutli y Mictlancíhuatl. La primera fue condenada a penar siempre por ahogar a sus hijos en un río. De esta diosa se dice que era muy hermosa y, en caso de que se le mirara a los ojos, podía transformar su rostro en el de un animal. La otra, Mictlancíhuatl, es una diosa del inframundo dedicada a la seducción y perdición de los hombres. De la Llorona, además, se dice que es un híbrido constituido a base de tres diosas mexicas: Cihuacóatl que es la diosa madre, Teoyaominquique es la vigilante de los difuntos y Quilaztli que es la diosa de los partos y los gemelos. Entre los mexicas, este trío de diosas asumía la figura de una mujer vestida de blanco condenada a llorar perpetuamente la muerte de sus hijos.

Sin duda, en virtud de la trascendencia de la leyenda, esta homologación de la Llorona con diosas prehispánicas y, por lo tanto, paganas, fue rápidamente objeto de transformaciones por parte de los responsables de la conversión de los indígenas al catolicismo. Al respecto, y con esta cita cierro mi intervención, Helena Rivas en un ensayo titulado “La Llorona o la Desesperanza de un Pueblo” nos dice:

Durante la Colonia, la leyenda sufrió transformaciones. No podría hablarse de la advocación de una diosa o diosas prehispánicas, pues ello sería blasfemia y herejía, así que la Llorona se fue transformando hasta parecerse un poco más a los conquistadores y la historia fue cambiando de acuerdo con los diversos gustos y tradiciones, o debido a las consejas que corrían de boca en boca; sin embargo, su esencia indígena no pudo romperse del todo. Así es como se mantuvieron intactos distintos elementos: la noche, la mujer vestida de blanco con el cabello largo y negro, el grito desgarrador de ¡Ayyyy mis hijos!, y la presencia de agua (ríos, lagos, cauces secos, barrancas). (Cf. Razón y palabra. Junio / Julio, 2003. Número 33. http://www.razonypalabra. org.mx/anteriores/n33/hrivas.html).

-Gracias, Martha, por tu tiempo y por tus aportes. Sigamos… Guillermo, de acuerdo con nuestra minuta de trabajo tenemos todavía varios puntos pendientes. Y sobre cada uno de ellos hay mucha tela por cortar.

-Así es y yo creo que hay que apurar la marcha para que no nos coja la noche en la calle y nos vayamos a topar con esa señora. Ya yo pasé por uno de esos encuentros. Además, te quiero recordar que este pueblo está a orillas de un río. Yo sé que Antonio es baquiano en estos andares, pero es mejor que no jurunguemos ese avispero. Uno nunca sabe.

-Está bien, lo tomaremos en cuenta. Guillermo, de tu intervención me quedó, entre otras ideas, la impresión de que la Llorona pertenece a un tiempo y a un espacio preestablecidos. Yo quisiera, entonces, hacerte una pregunta: ¿Como percibes tú la presencia de la Llorona en la cultura contemporánea? Te hago esta pregunta porque estoy convencido de que ella, como personaje y como leyenda, se ha contemporaneizado. Actualmente, aparte de que en toda América es la leyenda más conocida y, como se ha dicho, ella es la reina de los fantasmas americanos, la Llorona es el referente de un mensaje desligado de su contexto inicial y, en consecuencia, despojado de la función denotativa original y se ha insertado en un nivel de lectura que privilegia la relación del mensaje con el receptor. Por tal razón, cada día surgen nuevas interpretaciones que, funcionalmente, contribuyen a mantener la vigencia del personaje y a recrear las diferentes versiones de una misma historia a través de las artes plásticas y escénicas, la música y la literatura, entre otras expresiones estéticas. Sobre todo del cine y la literatura. Como ejemplo, vamos a oír, una a continuación de otra, en una misma pista, una de las versiones de la leyenda de la Llorona narrada por Porfirio Torres y un rock, heavy metal, interpretado por Paul Gillman:

  -Sí, estamos de acuerdo. Después de un largo recorrido homologada con el fantasma de la Malinche que volvía arrepentida de haber traicionado a su pueblo y, por otra parte, de ser una mujer señalada como el personaje principal de una trágica relación amorosa que la condujo a un infanticidio, la Llorona se ha convertido en una metáfora, no sólo de los pueblos prehispánicos que la vieron nacer y que fueron desplazados por la invasión española, sino también de sus sobrevivientes. En muchas comunidades se le tiene como un emblema de la resistencia indígena contemporánea y de otros sectores socioeconómicos también marginados. Es, desde este punto de vista, la mujer, madre y diosa que se convirtió en la guía del indígena derrotado y en nuestro mundo contemporáneo, particularmente en la frontera mexicana con el sur de los Estados Unidos, en la protectora y defensora de los inmigrantes ilegales. Además, según tengo entendido, entre las escritoras chicanas es un símbolo del discurso feminista que arremete contra la sociedad patriarcal y para los escritores de este mismo gentilicio, la Llorona es el símbolo protector de la identidad mexicana en los Estados Unidos.

-Guillermo, a propósito de estas ideas que has expuesto, sobre todo de las dos últimas, quiero recomendar un trabajo de Martin Baxmeyer publicado en la Revista México Interdisciplinario. Interdisciplinary Mexico, año 4, n° 8, verano-summer 2015, 74-86 y en https://www.imex-revista.com/wp-content/uploads/6Fantasma-de-la-fronteraBaxmeyer.pdf. Se titula “El fantasma de la frontera. La Llorona como símbolo nacional en la literatura chicana y del Norte”. En él, además de una serie de consideraciones teóricas sobre el mito, la historia y la trascendencia de la Llorona, hay sendos análisis de la novela The Legend of La Llorona (1984) y del cuento La piedra y el río (1994) de Eduardo Antonio Parra cuyas interpretaciones contrastan entre sí. De este ensayo de Baxmeyer entresacamos estas ideas:

  • El mito de la Llorona, como cada mito del mundo, es una narración polisémica. Sería difícil o incluso imposible reducirlo a una sola significación. En el texto se entrecruzan varias líneas conflictivas: conflictos de clase, de raza, de género, de religión, de crimen, culpa, justicia y castigo. Pero esto no implica una negación del sentido. Implica solamente una ‘pluralidad de sentidos’.
  • Contradicciones e incongruencias forman parte del secreto vital de la Llorona en la tradición popular. Las funciones pragmáticas del mito también son múltiples y a veces contradictorias: el mito de la Llorona puede servir para espantar a los niños, para exhortar a los hombres a que sean fieles a sus esposas (y, en algunas versiones, a que dejen de empinar el codo), para advertir a las mujeres de que no busquen una mayor libertad sexual, como parábola de la justicia divina, y mucho más –a menudo todas a la vez.
  • A pesar de su presencia casi ininterrumpida en la literatura, el cine y la música de México en el siglo XX, la Llorona sigue siendo en primer lugar un fenómeno etnográfico y antropológico. Forma parte de la cultura popular de las clases bajas en todo México, pero sobre todo en el norte del país. Investigaciones antropológicas han demostrado que pocos de los entrevistados –a ambos lados de la frontera entre México y EE.UU.– dudan de la existencia de la Llorona. Algunos, de hecho, están convencidos de haberla visto personalmente.

-Perdón, Édgar.

-Dime, Martha.

-Entre los nombres que mencioné anteriormente se me olvidó incluir Urona. Lo acabo de recordar al oír la referencia a Maxmeyer. Él afirma que “en el sur de EE.UU., incluso en comunidades afroamericanas, hay un mito sobre un fantasma muy similar a la Llorona que lleva el nombre de Urona”.

-Gracias, Martha, por esa nueva información. Guillermo, ¿quieres decir algo más?

-Dos cosas. No. Que sean tres. Muy breves. La primera apunta hacia la Llorona en el cine. Son muchas las veces que la leyenda de este personajes ha sido llevada al cine. Particularmente, en México y en Estados Unidos. Si mal no recuerdo, la primera versión mexicana data de 1933 y se tituló como su personaje, La Llorona. Luego vendrían, entre otras, La herencia de la Llorona, El grito de la muerte y La maldición de la Llorona. En 1960 se filmó La Llorona, estelarizada por María Elena Marqués, una actriz de grata memoria entre los venezolanos por haber hecho el papel de Marisela en la versión mexicana de Doña Bárbara. A través de su biografía me enteré de que había tenido una hija a quien bautizó con el nombre de Marisela. En este ciclo de películas dedicadas a este tema también participaron El Santo y Mantequilla Nápoles como protagonistas de La venganza de la Llorona. De la producción venida de los Estados Unidos, recuerdo The cry y The curse of La Llorona. También una trilogía dirigida por Terence Williams: Theriver, Legend of La Llorona y Llorona Gone wild. También la televisión de varios países, incluyendo México, Canadá y Estados Unidos, se ha hecho eco de esta leyenda. Hasta en dibujos animados y en tiras cómicas. En un capítulo de la serie televisiva Grimm se le presenta como una mujer vestida de blanco que llora por su hijos que ella misma ahogó para vengarse del marido que la abandonó por otra mujer. Esta versión tiene la peculiaridad de que la Llorona sale únicamente cada noche de Halloween. Su misión es la de secuestrar tres niños y a medianoche ahogarlos en un río para intercambiarlos por los suyos.

La actriz mexicana María Elena Marqués interpretó a La Llorona en la película homónima de 1960. (Imagen bajada de https://es.wikipedia.org/wiki/Mar%C3%ADa_Elena_Marqu%C3%A9s)

-Guillermo, discúlpame. Un minuto. Tienes todavía dos puntos por desarrollar. ¿Cierto?

-Sí. Pero son breves. Uno se relaciona con la Llorona, la canción. El otro es una anécdota producto de la picardía pueblerina.

-Muy bien. Perfecto. ¿Qué te parece si oímos primero a nuestro hermano Antonio?

-Maravillosa idea. Permíteme, entonces, que ahora sea yo quien diga: -Señores, con ustedes Antonio Vera.

-Gracias. No sé qué comentarios tengan ustedes acerca de esa experiencia que relaté hace poco. A mí también me han salido la Bola ’e fuego, la Sayona y uno que otro muerto porque los muertos también salen. En mi pueblo es más de uno el que se ha hecho rico con los reales que un muerto había dejado enterrados y se los regaló a cambio de que lo sacara de pena ya que se había muerto debiendo una promesa. Y no voy lejos, en la misma casa de mi tía Julia, un señor hoyó en el patio en el sitio donde le dijo el muerto y sacó una botija repleta de morocotas. A mí, hasta ahora, los que me han salido son una cuerda de limpios. Bueno, pero vamos a este otro encuentro mío con la Llorona. Una vez, nos fuimos varios de mis vecinos y otros amigos a bañarnos en el río y a comernos un sancocho. Llegamos y nos ubicamos debajo de un samán. Y mientras unos se bañaban, otros jugaban dominó, servían la cerveza y atizaban el fogón. De golpe, a media tarde, una de las señoras que andaba dice: -¿Dónde está mi hija? ¡Mi hija! ¡Mi hija! ¡No la veo! Bueno, qué les cuento, pasó lo que ustedes se están imaginando. La niña se había ahogado sin que nadie se diera cuenta. En seguida, llamamos a la gente que vivía en esa costa y empezamos todos a buscarla bajando y subiendo a lo largo y ancho del río que ya estaba crecido un poco más de media caja. Y nada. Y el día se fue oscureciendo. Y todos en varios fueras de borda buscando aquella criatura que tendría unos ocho años. En una de esas veces, ya de noche, yo me bajé de la canoa en que andaba ganchando. Me quedé solo, ahí, cerca de donde estábamos cuando la niña se desapareció. Cogí una linterna y me fui como si fuera agua abajo con la idea de apartarme momentáneamente de la presión y de la angustia que estábamos viviendo como consecuencia de aquella tragedia. Sobre todo, al oír los gritos de la madre clamando por su hija. Cuando apenas había caminado unos cincuenta metros, veo que en sentido contrario viene alguien. Alumbro hacia allá y distingo que es la madre de la niña que la trae en sus brazos. La reconocí por el vestido que llevaba puesto porque en ningún momento levantó la cara. Me pasó en silencio por un lado, como dije, sin verme, y en ese preciso momento se soltó a llorar y a gritar ¡Mi hija! ¡Mi hija! ¿Quién me la quitó? Di la vuelta y me fui tras ella alumbrándole el camino. De pronto, me doy cuenta de que la señora va caminando muy rápido y de que ahora lleva un largo vestido blanco. En medio de mi asombro, la enfoco con la linterna y veo que se va elevando dentro de una luz redonda en medio de aquella oscuridad. No había pasado totalmente el susto, cuando siento que comienza a llegar la gente que andaba buscando a la niña ahogada. Alumbro hacia allá y veo a la madre de la niña que viene sentada en la canoa con ella entre sus brazos en medio de aquel clamor: ¡Mi hija! ¡Mi hija! ¿Quién me la quitó?

-Excelente relato, Antonio. Gracias una vez más por tu valiosa participación en este Diálogo. Esperamos que nos acompañes en cualquier otro momento. Ahora, volvemos con Guillermo. ¿Qué nos vas a decir con respecto a la Llorona de la canción que se ha homologado con la Llorona de la leyenda?

-Casi todo lo que se dice y se ha escrito acerca del significado de esta canción es otra de las reinterpretaciones que se han formulado en torno a esta extraordinaria leyenda. Yo quiero recordar que La Llorona es una canción anónima que data, posiblemente, del siglo XIX. Hay quienes afirman que es originaria del estado mexicano de Oaxaca. Tiene no sé cuántas versiones en voces como las de Chavela Vargas, Raphael, Lola Beltrán, Joan Báez, Ángela Aguilar, Lucha Villa, Ely Guerra y Natalia Lafourcade, entre las que recuerdo en este momento. También ha sido utilizada en las bandas sonoras de las películas Frida y Coco. Estoy de acuerdo con lo dicho en uno de los textos  que citaste en la presentación de la primera versión de este diálogo. ¿Puedes repetirlo, por favor?:

A pesar de sus diferentes versiones y su letra enormemente modificada, cada cantante ha podido plasmar su sello dentro de la pieza que aunque es muy asociada con la popular leyenda mexicana de fantasmas, no tiene una relación directa con esta. ‘La Llorona’ pasó a la historia como una pieza de acervo cultural que ha dejado un legado enorme en el folclor mexicano y su nota melancólica nos ha hecho escucharla una y otra vez sin dejar de prestar atención a la historia que nos cuenta. (https://culturacolectiva.com/musica/ historia-y-letra-de-la-cancion-la-llorona-de-chavela-vargas)

       Me gustaría que nos fijáramos en este detalle presente en una de las estrofas emblemáticas de esta canción:

Salías del templo un día, Llorona

cuando al pasar yo te vi,

hermoso huipil llevabas,

Llorona que la Virgen te creí.

A simple vista, parece haber un contradicción entre el sentido de la estrofa y el sentido que se deduce de la figura fantasmagórica del personaje que, evidentemente por su origen prehispánico, no es católico. Esta idea se reafirma a través de la asociación semántica entre los términos templo y Virgen. El uso de estos dos signos adscriben, al menos en esta estrofa, el mensaje de la canción a un contexto religioso muy específico que, repetimos, no se compagina con la idea de que es una canción dedicada a un espectro que infunde terror. Además, precisamente, el eje semántico de la leyenda gira en torno a una madre que mata a sus hijos. En cambio, en la canción se conjugan, entre otros nobles sentimientos, el amor y la ternura. Una decodificación es, sin duda, incongruente con la otra. Creo que el nombre de la canción y su altísima popularidad basada, entre otros aspectos, en su sentimentalismo y el tono elegíaco de su música, facilitó la identificación de una con la otra y sus reconocimientos como símbolos de la nación mexicana.

Lo otro que, finalmente, quiero referir es una anécdota, real y verídica, que sucedió en un pueblito de mi tierra. Entre los árboles de la única plaza que había en aquel pueblito, sin que hasta ahora nadie sepa cómo llegó ahí, vivía una pereza. Y nadie se metía con ella. A veces, la gente se aglomeraba para verla pasándose de un árbol a otro o para verla comiéndose lo que le dejaban sobre una tabla que alguien acomodó de modo tal que le sirviera de mesa. De vez en cuando, casi periódicamente, de noche, cuando ya todo mundo estaba acostado, se oía un llanto que los del pueblo sabían que eran de la pereza y los que venían de otro parte amanecían echando el cuento de que habían oído o visto a la Llorona. En efecto, era el llanto de la pereza clamando por un macho. También en el pueblo había una joven señora, soltera, bonita y de cierta posición económica que vivía frente a la plaza. En voz baja, con todas las reservas del caso, le decían la Pereza sin que hasta ese momento se supiera por qué la apodaban así y de dónde sacaba plata para darse ciertos gustos. Una noche, unos borrachitos del mismo pueblo encontraron a la pereza comiendo sobre su tabla. La mataron. Se la llevaron. La asaron y se la comieron. Desde entonces, a ciertas horas de la noche, casi a diario, se oyen los lecos de la Pereza. Al día siguiente, en el pueblo, amanece un único comentario: -O es la Llorona o es que la Pereza está viva y anoche, por lo que se ve, se apareó con su macho. Muchas gracias. Fue un verdadero placer participar en este diálogo.

-Gracias, Guillermo. Cuando quieras volver, aquí estaremos. Para concluir, voy a resumir algunas de las versiones de la Llorona y de su manifestación en otras culturas. Para comenzar quiero recordar algo que ya hemos expuesto en este diálogo: lo que actualmente, en diferentes países del continente americano, entendemos como la leyenda de la Llorona es una ramificación de la historia primigenia que se tiene como nativa del México prehispánico. En definitiva, hay un relato de origen en el cual se motivaron diversas versiones que, a pesar de las diferencias que presentan de un país a otro o de una región a otra en un mismo país, conservan la idea central de la historia original: la figura fantasmagórica de una mujer vestida de blanco que recorre los ríos, buscando y llorando a los hijos que perdió. En Venezuela, por ejemplo, una de las versiones cuenta la historia de una joven que quedó embarazada de un soldado que la abandonó y ella, ante tal situación y por no saber cómo criar al recién nacido, lo mata. Sus vecinos y familiares la descubren y la maldicen. Ella huye hacia el Llano y ahí se convierte en el espanto cuya misión ya conocemos. En otra versión, considerada también como venezolana, se relata que:

La mujer mataba a sus hijos con cada parto, sin sentir remordimiento. El cura de su pueblo se entera y al ver que está embarazada de nuevo, le aconseja darle de mamar al niño antes de matarlo; tras hacerlo, ella siente una gran culpa y desde entonces, vaga por los campos llorando de dolor, buscando a sus hijos y asustando a todo el que se le atraviesa en su camino.(Cf. https://es.wikipedia.org/wiki/Llorona).

En Venezuela, además, es frecuente equiparar a la Llorona con la Sayona a pesar de que entre ambas hay diferencias en cuanto al origen y al comportamiento. De la Sayona se dice que sólo se le aparece a los hombres parranderos y a los infieles. Siempre se ha dicho que en muchos pueblos venezolanos la Llorona y la Sayona eran mujeres que se disfrazaban como tales espectros para verse con sus amantes amparándose en la oscuridad y en el terror que infundían.

Nuestro insólito universo: La Sayona

Las variantes, desde un punto de vista monogenista, son el resultado de un  proceso de adaptación de la leyenda al espacio, el tiempo y, en buena medida, a la idiosincrasia de cada región. Este proceso no es otra cosa que una regionalización de la leyenda. Uno de los componentes de este proceso es la diversidad de nombres que se utilizan para identificarla. En la Isla de Margarita, por ejemplo, en Venezuela, según nos informa el Dr. Raúl Millán, se le conoce como la Chinigua. También, frecuentemente, de dicha regionalización emerge una Llorona cuya historia se entrelaza con las historias y los nombres de seres locales de su misma naturaleza que, de continuo, se hacen de una apariencia cada vez más horrible. De hecho, entonces, la Tulevieja, la Tarumama, la Cegua, la Calchona, la Viuda, la Pucullén y hasta la misma Sayona tienen origen y trasfondos afines. Caso contrario, si aceptamos el poligenismo, cada uno de estos seres, sea cual fuere su nombre y su ubicación geográfica, tiene un origen específico.

A fin de presentar una visión completa de todas las implicaciones de esta leyenda y de la diversidad de temas que en torno a ella se han gestado, desde el momento mismo de su primera documentación, vamos a ensamblar la historia y el perfil de su protagonista valiéndonos de la transcripción de lo expuesto en una página en Internet:

  • En versiones de México y Centroamérica, es común que los relatos de origen de la Llorona mencionen su etnia, su linaje, su situación económica, su nombre, el del esposo y hasta el de hijo o hijos. Generalmente, el relato es situado en la época inmediata a la Conquista española, en los primeros años de la colonia, aunque en otras versiones, en épocas más recientes. La mujer puede ser una indígena, una mestiza, o una española, amante de un conquistador español o un señor de alta alcurnia.
  • En México, esta indígena, llamada Luisa, se enamora de don Nuño de Montes Claros, que la abandona, y ella en venganza acuchilla a los tres hijos que tuvieron. La mujer es colgada y se convierte en la Llorona, que vaga por las calles de la ciudad de México, llorando su tragedia.
  • En Guatemala, la Llorona toma el nombre de María, y es el alma en pena de una mujer de origen criollo (descendiente de españoles) o mestiza, de un estrato socioeconómico alto, quien engaña a su esposo con un mozo de la hacienda, quedando embarazada, por lo que decide ahogar a su hijo, de nombre Juan de la Cruz, con la consecuente maldición.
  • En Nicaragua, la Llorona es el alma en pena de una indígena de Moyogalpa, en la isla de Ometepe, que se enamoró de un blanco, en contra de los consejos de su madre («no hay que mezclar la sangre del esclavo con la sangre del verdugo»), y que luego de ser abandonada, ahoga a su hijo en el lago de Nicaragua, pero, arrepentida, se metió al agua para salvarlo, sin éxito.
  • En el Perú, la Llorona con su gemido lúgubre anuncia la muerte a las personas cercanas a los campesinos que se atreven a entrar en las huacas, razón por la cual los vecinos evitan entrar en las ruinas de los antiguos monumentos aborígenes. Este mito está muy extendido en la zona costera norte y en la sierra peruana.
  • En una versión de Costa Rica, la Llorona ahoga a su hijo recién nacido en el río por locura y vergüenza, al ser rechazada por su familia, su pueblo o la sociedad en general, por ser madre soltera, o por embarazarse estando prometida a otro. En otra versión costarricense, la Llorona padece de una enfermedad mental, y ahoga a su hijo de forma accidental mientras lo baña en el río. También en Costa Rica, la Llorona es una indígena muy hermosa, hija de un rey huetar, la cual se enamoró de un conquistador español, con el que se veía a solas en lo alto de una cascada, queda embarazada y da a luz un hijo, que es asesinado por el padre de la mujer, arrojándolo de lo alto de la catarata. Maldecida por el padre, vaga eternamente por las orillas de los ríos buscando a su hijo perdido, perseguida por los espíritus malignos y llorando su desgracia. ​ En Costa Rica, se anota que la Llorona es inofensiva porque su única preocupación es encontrar a su hijo,​ pero en otra versión del mismo país, encontrársela puede significar la muerte, ya que asesina a la persona confundiéndola con su burlador.

  • En Uruguay, la Llorona y su hijo se ahogan por accidente en el lago del parque Rivera, uno de los más importantes de Montevideo, en una noche tormentosa.
  • ​ En Puerto Rico, la leyenda de la Llorona se mezcla con la del fantasma de la curva. En este país, según la tradición oral, en el puente de Las Calabazas se aparece una mujer pidiendo que la lleven. Aunque la ignoren, aparece repentinamente dentro del automóvil. Se cree que es el alma de una mujer que vaga buscando a su hijo.
  • Las versiones pueden cambiar dentro del mismo país. Es el caso, por ejemplo, de Chile. Además de la versión distintiva de la tradición chilena, la Pucullén, hay otras versiones: en Litueche, es una mujer que perdió su bebe en el puente de Lingue durante una tormenta torrencial, y que, arrojándose al agua para salvarlo, murió ahogada sin llegar a encontrarlo, por lo que desde entonces, cada vez que llueve, se le escucha llorar de forma inconsolable, y sólo cuando encuentre a su hijo cesará su llanto; en Atacama, en El Tránsito, la Llorona es un espíritu que solloza solo los martes y los viernes por la noche, mientras que en Caldera, es una mujer cegada por telas de arañas que se pasea por las noches clamando por sus hijos, y cuyos lamentos hacen que los cubiertos de las cocinas de las casas se muevan al son de su lamento; en Coquimbo, es una bruja que se transforma por las noches en la Llorona, o un ave nocturna que emite sonidos similares al llanto de la mujer; en Magallanes, es una joven que se enamoró de un viajero, quedó embarazada, fue abandonada y perdió a su hijo, por lo que enloquece y vaga llorando por las noches preguntando por su amor En algunas historias, la Llorona tiene una relación especial con el Diablo. Es el caso de Valparaíso, donde fue una mujer que se casó con el Diablo sin saber quién era en realidad. Este mata a sus hijos y desde entonces ella, desconsolada, lloraba todas las noches por ellos. El Diablo, cansado de sus llantos continuos, la amarró a la cama con unas cadenas y le enterró una estaca en el corazón. Desde ese momento, la Llorona recorre las calles de toda la región arrastrando sus cadenas y llorando por sus hijos perdidos; en Huilas, el fantasma nocturno usa ropajes largos que se cubre con un chal, llora la pérdida de una hija, y se le teme porque se roba a los niños para dárselos al Diablo; mientras que en Cabildo, la Llorona es el Diablo en persona que llora como mujer.
  • En El Salvador, la Llorona vaga por las calles de pueblos rurales llorando por sus hijos.
  • En Ecuador, luego de ahogar a su hijo, la Llorona lo busca hasta encontrar su cadáver, al que le falta el dedo meñique de la mano. Por eso, el fantasma de la Llorona corta el dedo meñique a quien se le aparezca.
  • En algunas versiones de Guatemala y en la de Aguascalientes, México, tiene cara de caballo, como la Siguanaba y la Cegua.
  • En Costa Rica y Panamá, la leyenda de la Llorona tiene similitudes con la de la Tulevieja, originaria de los pueblos talamanqueños de ambos países, y la Tepesa, oriunda de las comarcas indígenas y muy popular en las tierras de las provincias panameñas de Los Santos, Veraguas y Chiriquí. La Tulevieja es una vieja sucia y horrenda, vestida de harapos y con patas de ave, mientras que la Tepesa tiene largos cabellos enmarañados y el rostro cubierto de agujeros. Ambas leyendas narran historias de mujeres que matan a sus hijos y son condenadas a vagar como horripilantes espectros monstruosos.​
  • En Colombia, la Llorona es el fantasma errante de una mujer que recorre los valles y montañas, cerca de los ríos y lagunas, vestida con una bata blanca que la cubre hasta los talones. (…) con sus manos grandes, huesudas y ensangrentadas, arrulla a un bebé muerto. (…) En Antioquia, la Llorona toma el nombre de «la María Pardo», mientras que en la región de Pasto, «la Tarumama», una vieja monstruosa con cascos de mula por pies y grandes senos que se echa a la espalda, castigada como un alma en pena por haber abandonado al hijo que tuvo sin ser casada, para tapar su vergüenza.
  • Otro personaje similar es la Viuda, que aparece en leyendas de Chile y Argentina. (…) Al igual que la Llorona, la leyenda cuenta que se trata de una mujer que arrojó a su hijo a un río, y al igual que la Cegua y la Sayona, puede transmutar su rostro en una calavera, y se sube a los caballos de los infieles para matarlos de un susto mortal con un gélido abrazo. (Cf. https://es.wikipedia.org/wiki/Llorona).

Todo este universo de versiones se ve reflejado en las numerosas películas que se han filmado y en las creaciones literarias y musicales. La ficha bibliográfica literaria, etnográfica, léxica, filmográfica, musical, pictórica, escultórica y audiovisual en Internet sobre este tema es verdaderamente extensa. Sin duda, la Llorona sigue presente en la vida cotidiana de muchos pueblos en casi todos los países de América. Y en otros continentes amparada, quizás, en las expresiones artísticas antes mencionadas y en el hecho de que su leyenda, como ya afirmamos, pertenece al orden de los mitos paradigmáticos en cuanto que tiene una estructura básica que se repite en diferentes mitologías pertenecientes a épocas y lugares también diferentes.

En mitologías como la griega y la africana, por ejemplo, encontramos el mito de Medea, la leyenda de Lamia y la leyenda del viento. Como recordaremos, Medea fue la esposa de Jasón y asesinó a sus hijos al ser abandonada por éste. Lamia fue una princesa que tuvo varios hijos de Zeus que fueron asesinados por Hera. A partir de la pérdida de sus hijos, Lamia deambula sin descanso llorando por sus hijos y devorando a los de otras madres. Del mismo modo, entre los yorubas se concibe al viento como una mujer que transita por los ríos llorando y buscando a sus hijos que fueron asesinados por Océano.

Las similitudes también se localizan en las mitologías celta, china, japonesa, malaya, indonesia y marroquí, entre no sabemos cuántos países más. En Marruecos, por ejemplo, según documentamos en un trabajo escrito por Aziz Amahjour, existen muchas historias que circulan oralmente entre la población marroquí en torno de Aisha Qandisha, un personaje fantasmagórico que suelen presentar como una mujer hermosísima que va siempre vestida de blanco y con el pelo suelto, exactamente igual que la Llorona, pero cuyas patas son de cabra o de camello, según las zonas. Existen tantas versiones que incluso algunas se contradicen a la hora de presentar al personaje, tanto en lo que se refiere a sus atributos físicos como en cuanto a sus acciones. De hecho, el trabajo se titula “En torno al personaje de Aisha Qandisha:¿una lejana hermana gemela de la Llorona?” y en él se destaca el paralelismo que hay entre ambos personajes. Una de ellas es prehispánica, la otra es preislámica; a Aisha se la identifica con la diosa fenicia del amor Astarté, a la Llorona se la identifica con la diosa Cihuacóatl. Particularmente, nos llama la atención el hecho de que uno de los rasgos físicos de Aisha coincida, aunque sea parcialmente, con uno de los rasgos de la Tarumama, un espectro congénere de la Llorona que deambula por Pasto (Colombia) y tiene la apariencia de “una vieja monstruosa con cascos de mula por pies y grandes senos que se echa a la espalda, castigada como un alma en pena por haber abandonado al hijo que tuvo sin ser casada, para tapar su vergüenza”. (Cf. https://horripilante.wordpress.com/2017/09/04/la-llorona-de-colombia/)

En definitiva, con respecto a Aisha y a la Llorona, desde una perspectiva antropológica y otra de naturaleza psicológico-estratégica, Aziz Amahjour propone estas interpretaciones:

Estas protagonistas femeninas son herencia de las sociedades matriarcales que poblaban el mundo mediterráneo y mesoamericano en la antigüedad. Pueden ser una reminiscencia de las diosas de los templos del sexo sagrado que se deshacían de los hombres con quienes formaban pareja o simplemente copulaban durante un año, matándolos. Y otra interpretación podría ser de naturaleza psicológico-estratégica, fundada, además, en razones de carácter ideológico, como la lucha contra el invasor portugués, en el caso de Aisha, o la rendición al invasor, en el caso de la Llorona. Esta última, en la interpretación que la identifica con la Malinche, y cuyo arrepentimiento por haber engañado a los suyos está simbolizado por el cruel hecho de matar a sus propios hijos, que equivale a la muerte simbólica de todo un pueblo, el indígena. (Cf. https://ru.ffyl.unam.mx/bitstream/handle/10391/6609/07RLPXVII22017Amahjour4365.p df?sequence=6&isAllowed=y)

Finalmente, además de estas similitudes ya descritas, recordemos que en la Biblia se cuenta la historia de Raquel quien llora por sus hijos (el pueblo de Israel) porque perecieron, como un simbolismo del exilio del pueblo hebreo en la tierra de Babilonia. (Cf. https://es.wikipedia.org/wiki/Llorona). Me pregunto y les pregunto ¿No es ésta la misma actitud de la diosa Cihuacóalt llorando por sus hijos los mexicas y preguntándose hacia dónde los llevará para que escapen de un destino funesto?

En conclusión, detrás de la Llorona hay una historia que tiene múltiples interpretaciones. Diosa. Mujer. Esposa. Madre. Espectro. Mito. Leyenda. Metáfora. Símbolo. Emblema. De ella, según afirma Helena Rivas, “tenemos un gran número de versiones sobre su presencia y lo que la obliga a lanzar ayes lastimeros por la noche, pero lo que nadie puede negar es que ha trascendido las barreras del espacio y el tiempo hasta llegar a ser parte de la idiosincrasia de un pueblo. Es lo cotidiano de lo sobrenatural y la representación de la desesperanza”. (Cf. http://www.razon ypalabra.org.mx/anteriores/n33/hrivas.html).

Sea cual fuere el calificativo que le demos, la Llorona es memoria y testigo de un proceso histórico que la catapultó desde los cimientos humanos y sobrenaturales del mundo prehispánico hacia los cielos, las tierras, los fuegos y las aguas de otro mundo. Gracias, Martha. Gracias, Antonio. Gracias, Guillermo. Nos despedimos con la mejor composición e interpretación de nuestro amigo Guillermo Jiménez Leal. Gracias, nuevamente, a todos ustedes.

-Gracias, Édgar en nombre de nosotros tres: Martha, Antonio y Guillermo. Y antes de que nos vayamos, una pregunta: ¿Tú crees en la Llorona o en cualquier otro de esos aparatos, como les decimos los llaneros?

-Te voy a echar un cuento. Una vez, a los diez años más o menos, me fui con mi tío Rafael desde la casa, en la costa del río, para la quesera. Sabana adentro. Lejos. A unas cuatro horas o más de camino. Él iba en una mula muy caminadora. Yo iba en un caballo. Muy bueno, de silla de mi papá, pero yo lo llevaba al paso y la mula nos dejaba atrás. En una de esas veces, mi tío se paró a esperarme y me dijo: -No se me quedé atrás, sobrino. Ese caballo camina tanto como esta mula. No quiero que nos coja la noche porque en ese pedazo antes de llegar a los Veramachos hay tigres. Por carajazos. Y más allá, en el jarisal de la laguna de Jobito largo, ahí sale un muerto. Lo de los tigres, era verdad. Lo del muerto, todavía no sé si es embuste. Aún tengo más preguntas que respuestas.

Édgar Colmenares del Valle

Academia Venezolana de la Lengua

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